10.3.15




: un escritor en busca de una verdad que no sea histórica






TIXTLA DE GUERRERO, Gro., 10 de marzo de 2015.- El escritor Tryno Maldonado (Zacatecas, 1977) está sentado en una pupitre en la cancha de baloncesto de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. Sin llamar la atención, en silencio,sosegado y con camisa leñador a cuadros, contempla a través de sus lentes de pasta, a los jóvenes estudiantes hacer sus labores como la comida o la limpieza.


El autor de las obras como Temas y Variaciones (Finisterre, 2002), Viena Roja (Planeta, 2005) o Metales Pesados (Alfaguara, 2014), lleva más de dos meses en la escuela donde desaparecieron 43 estudiantes el pasado 26 de septiembre en Iguala, dando clases de literatura a los alumnos que quedaron en la Normal Rural.



Desde la tragedia, la escuela de Ayotzinapa en funciones desde 1926 y que ha formado a miles de maestros, encuentra suspendida en sus actividades. Las innumerables marchas y giras por todo el país para denunciar la desaparición de sus estudiantes, ha dejado la escuela medio vacía.



Tryno, es de los que diría Robert Cappa, se manchan con la tropa para tomar la foto. Uno de los objetivos de este escritor, que hace mucho dejó de ser promesa para ser uno de los actuales exponentes de la literatura mexicana, es la intención de escribir un libro sobre los jóvenes ausentes y sus familias.



Es por ello, que su implicación se tornó en acción, y a parte de dedicarse a recoger el testimonio de los padres de los normalistas, decidió vivir con ellos y transmitir a los alumnos de Ayotzinapa su conocimiento literario.



“El aprendizaje ha sido mutuo”, contesta Tryno, con una sonrisa de satisfacción en el aula donde imparte clases.



– ¿Qué lo motivó a venir aquí?



– Tengo una columna de política en la revista MX y coincidió que mi última pieza antes del 26 de septiembre fue sobre los desaparecidos en México. Habían salido las cifras de 22 mil desaparecidos, muy conservadoras, y una semana después sucede lo que todos conocemos en Iguala. Desde ahí, mis columnas han sido sobre Ayotzinapa y las desapariciones forzadas.



Seguido, me involucré con las marchas, yo vivo en Oaxaca, pero sentía que era incongruente opinar desde la comodidad de mi casa y no conocer de verdad, la necesidades de los padres, lo que estaban sintiendo.



Aproveché una caravana a primeros de diciembre, que recolectó 4 mil libros para la biblioteca de Ayotzinapa y fue mi acercamiento directo. Les pedí permiso a los chavos del Comité para organizar un taller en la escuela, era lo que se me ocurría que más podría aportar, y que esa era una buena forma de contribuir a la normal.



No me contestaron. Pasó una semana y me planté en la cancha con mi mochila.



El objetivo del taller era darles las herramientas necesarias a los chavos, para que ellos a partir de su historia individual dejarán ese testimonio. Me parece que lo que no se nombra, tiende a desaparecer. No nos podemos quedar con la verdad histórica que nos quiere imponer el estado, se puede contrarrestar con memorias individuales y colectivas de las escuelas. Yo intenté darles los fundamentos para que se pusieran a contar. La literatura no es lo que nos empodera, sino la escritura. Dejar testimonio, nuestra huella. Les di una antología de textos muy variados de Roberto Bolaño, Raymond Carver, Amparo Dávila, algunas cosas nuevas, que les llamarán la atención y lo vieran novedoso. Ahora vamos a empezar otro módulo.



– ¿Ha sido buena la convocatoria?¿Cómo definiría a sus estudiantes?



– Ahora todos están involucrados en las actividades de protesta, y es complicado tener convocatoria. Los de cuarto curso están preocupados por su graduación.



Pero tenemos la percepción que los estudiantes de Ayotzinapa, al ser hijos de campesinos, sólo les gustan cosas determinadas como la música de banda o algunos textos de literatura marxista, pero me he dado cuenta que algunos son ‘metaleros’, hay otros que son B-Boys que les gusta el hip hop, ‘rockeros’, a otros les gusta la pintura, te das cuenta que es un universo muy variado.



Prejuiciamos desde fuera. Fue interesante que ellos mismos descubrieran que hay una literatura nueva que les puede servir para ellos para contar su historia.



Yo aprendí mucho de esta experiencia, derrumbando prejuicios.



– ¿Esto lo ha cambiado como escritor?



– Todavía estoy muy inmerso para ver qué eje se ha movido en mí. Yo vivo en Oaxaca que es una realidad parecida a Guerrero, aunque aquí es más complejo. Llegué en blandito como a diferencia de la gente que llega del centro del país, criados en zonas urbanas, permeadas por el consumo, por otro tipo de ritmo.



Pero cuando te acercas acá hablar con los padres de los chavos, que llevan cinco meses de lucha, y muchos de ellos son hipertensos, diabéticos, dejaron sus trabajos, algunos se les murieron su animales, algunos se han convulsionado porque descuidan sus tratamientos, ha habido preinfartos... Te das cuenta que son campesinos y albañiles que han dejado todo para pedir lo mínimo que se puede pedir en un país que se dice democrático.



Me admira como luchan estas personas, cuando voy con ellos a marchas de seis horas bajo el sol de Chilpancingo, con ninguna queja, yo pienso que no tengo derecho a quejarme de nada. Esta valentía me ha afectado para bien. Lo menos que puedo hacer es lavar las ollas, lavar el baño y acompañarlos en lo que se pueda.



¿Qué le diría a sus compañeros artistas que no se han decidido a venir?



La última vez que hable en Facebook de esto me lincharon. Es muy fácil pasar del activismo de Twitter y Facebook al real: es dar un pasito. El Distrito Federal está a tres horas en coche de Ayotzinapa. A toda esta gente del DF no les costaría venir con una caravana y preguntar “¿Qué les hace falta?”



Muchas veces, por ejemplo, en las donaciones y víveres traen productos enlatados. Estos señores son campesinos y en su vida van a comer una sardina en una lata, aunque vengan con buena voluntad.



No somos capaces de cambiarnos de chip que hay otras realidades y otras formas de vida que requieren otras cosas muy distintas a las de nosotros. Abrir un diálogo sería suficiente para ayudar: ¿qué necesitan? ¿Frijoles, tortillas…?



Respecto a los artistas, nadie está obligado a tomar ese compromiso social en su obra, no te demerita ni lo vuelve más meritorio, pero creo que el momento que estamos viviendo se va a tornar en paradigmático para la justicia y la historia de este país, y es el momento que como ciudadanos comprometernos e involucrarnos más.



Incide más, traer herramientas para que hagan sus murales que ir a hacerlos en la avenida Reforma. Crear una inteligencia colectiva que está en los márgenes y no sólo en el centro. Sería provechoso para el movimiento y tejido social, no haciendo un discurso divorciado entendiendo a México como algo distinto. Ese acercamiento es lo único que pediría.



– ¿Un antes y después en la historia de México, el caso Ayotzinapa?



– Si no vemos Ayotzinapa como un parteaguas en la historia reciente de México estamos condenados a padecer en lo consecutivo cualquier clase de crímenes, de fechorías, abusos y tropelías por parte del estado, el narco y de los poderes fácticos.



Si no sucede así, si Ayotzinapa no se vuelve en eso, vamos a estar condenados otros 80 años más de sumisión y a expensas del régimen. El PRI es muy hábil, desarrolló la “Dictablanda” como dijo Mario Vargas Llosa, a base de lo que se conoce como política de masas. Si en México tienes un pensamiento disidente o crítico y lo externas, está mal visto. Hay todo un discurso retórico, moral y ético que apacigua las voces cítricas y el PRI nos ha inculcado ese chip. Lugares de lucha y protesta como Ayotzinapa han sido silenciados.



En Chilpancingo la gente hace ese reclamo a los normalistas: no atenten contra la propiedad privada, no vandalicen, no obstruyan el tránsito… Todos esos discursos conservadores surgen rápido para tapar los movimientos contra el sistema.



Esta generación, la del #YoSoy132, está bien que haya dado un paso adelante pero creo que corremos el riego que se quede ahí. Salimos a marchar, a exigir nuestros derechos, pero la cancha está vacía. ¿Dónde está el enlace de la protesta y las redes sociales? Cuando se necesita estar aquí, no está claro,  me gustaría que fuera más congruente. Sería una pena para el país que esto se pasará de largo y quedara en el olvido. Nos toca a nosotros generar memoria, luchar para que se haga justicia y nosotros conservemos la memoria. Nosotros, como artistas, dejemos una memoria.



– ¿Qué le parece la jornada de abstencionismo que propugna el Movimiento Popular Geurrerense, donde también están integrados los normalistas, para el 7 de junio?



– Creo que en Guerrero no se van a poder convocar elecciones. Votar, como dicen los normalistas aquí: es votar por tu asesino. México está secuestrado por un sistema partidista, donde no hay transparencia en sus listas electorales, no hay mecanismos para que los ciudadanos se postulen, todo está hecho para estas mil personas que se rotan los puestos del poder. Es una generación pequeña y reducida que está tomando las decisiones en este país y que están deslindados de lo que es México. Enrique Peña Nieto nunca había ocupado un cargo nacional, es la primera vez que sale del terruño, con un congreso a su modo. El México que le toca gobernar es distinto. Esta generación que gobierna vive en otro país.



La opción del autogobierno es muy buena. Pero te pones a pensar en el norte, que es otro país…. Como Aguascalientes, Nuevo León o Querétaro. Que en estos estados vayan a aceptar este tipo de gobiernos, obviamente no va a suceder, ellos tienen otros intereses y llamarán al a mesura, a la democracia, a la transición. Otro discurso que nos va hacer vivir otros 6 años más de priismo. México son países muy distintos, es muy difícil que esto funcione a manera nacional.



– ¿Qué hay de su proyecto de libro sobre Ayotzinapa?



– Llevo dos meses con los padres de familia y supervivientes del 26. Lo que mejor puedo hacer es escribir, es lo que mejor me sale. Y si puedo aportar para acompañar a los normalistas, generar memoria con mi trabajo, lo voy hacer con mucho gusto. Pienso que una crónica extensa sería una buena memoria para regalarles a los padres. He hecho perfiles individuales, en mi columna he publicado algunos y quiero hacer una recreación del 26 de septiembre y conectarlo con esa parte humana.



Es importante que nos salgamos de esas fotos de tamaño infantil de los desaparecidos y pasar a otro plano, humanizarlos, saber quiénes son los 43 normalistas, qué intereses tienen, qué expectativas tenían, por ejemplo algunos desaparecidos tienen hijos. Por ejemplo, el caso de José Ángel campos, cuya hija tiene 4 meses de edad: el tiempo que lleva desaparecido.



Los familiares me invitan a comer ellos, me hablan y cuando veo los carteles de los chavos en la calle, siento que son mis amigos que no veo hace mucho tiempo y que a lo mejor van a volver, sueño mucho con eso. Si no crees que están vivos, pierde sentido estar en la lucha.



Cuando llegué pensaba que no estaban vivos y ahora siento, pienso, que son amigos que están de viaje y que van a volver pronto. A lo mejor lo siento, porque estoy muy cercano a todas sus familias.



Eso, eso me gustaría que quedara en el libro.






17.12.14



: entrevista frente



"La literatura no cambiará al país. Pero nos volverá más críticos, empáticos y justos para poder llevar a cabo acciones que lo transformen."





Revista FRENTE


Metales pesados (Alfaguara, 2014), quinto libro de este autor zacatecano que vive en Oaxaca contiene cinco relatos que ocurren en esa “gran franja gris entre la metrópoli y el campo, donde hay otros cien millones de personas que la literatura mexicana no había tomado en cuenta”.



Por: Verónica de Santos | Foto: Cucho Jiménez
“Metales pesados” también es el título de tu columna semanal, ¿por qué elegiste el mismo nombre?, ¿qué diferencia haces entre tu escritura literaria y esta forma de periodismo?
No me considero periodista. Admiro mucho a quienes lo son. Trato de estar al día y muy informado, pero no tengo el oficio. Ejercer el periodismo en este país es, literalmente, uno de los trabajos más riesgosos en el mundo. Lo único que sé es que no podría dormir (y en serio con los últimos acontecimientos no he podido hacerlo) sabiendo que el país está secuestrado por una pandilla de asesinos y no decir ni hacer nada para denunciarlo y solucionarlo. Las opiniones en mi columna son sólo eso: las opiniones de un mexicano en el inicio del siglo XXI que está harto del régimen autoritario y que quiere un país donde los jóvenes no sean aniquilados por el narcoestado con total impunidad y donde las condiciones de vida, como dijo el presidente Mujica en Uruguay, no sean peores que las de un perro. Por eso escribo.

Hace cinco años, cuando coordinaste la antología de narradores jóvenes Grandes Hits(Almadía, 2008) estabas mirando a tu propia generación, los que nacieron en la década de los setenta. Entonces señalabas la falta de referencia al propio país como tema. ¿Es Metales pesados una manera de responder a eso?
Algunos autores de esa compilación sí tomaban el tema, aunque con cierto cinismo o distancia. Lo que señalo en el prólogo definitivamente tiene que ver con lo que a mí me preocupaba. Sin embargo, México también era otro en el 2008. Ya pasó un sexenio y han ocurrido cosas tan inimaginables como que el PRI volvió al poder o la especulación del gobierno en torno a la desaparición de 43 estudiantes en Ayotzinapa, Guerrero. Ahora hablar del vacío o de cómo se contempla el mundo desde una ventana en la Condesa ya no es tan viable. Si ahora hiciera una antología análoga, el resultado sería sin duda muy diferente. Además, la obra de esos autores sigue en construcción; todavía son muy jóvenes y siguen experimentando, aún nada está dicho.

Además del discurso oficial, el de los medios y el académico, la literatura es una fuente de conocimiento histórico influyente. Movimientos recientes como el de #YoSoy132 no ha tenido una narrativa literaria y otras tragedias como la de Acteal apenas han sido registradas de este modo. ¿Coincides en esto? 
Estoy de acuerdo. Pero si te das cuenta, los testimonios en la literatura nacional de periodos históricos de transición o convulsos aparecen años o décadas después de que éstos ocurran. Los tiempos de escritura y edición, lo sabemos, son lentos. Ahí están los casos de las novelas de la Revolución: las grandes novelas sobre el tema aparecieron mucho más tarde, aunque sus creadores participaron directamente en el movimiento, como Martín Luis Guzmán, Mariano Azuela y Francisco L. Urquizo. Pienso también en la novela de Rosario Castellanos sobre la rebelión chamula, por ejemplo.
No me gusta compararme ni hablar en primera persona, pero me ocurrió algo similar con mi novela Teoría de las catástrofes, que no vio la luz sino hasta el 2012. La novela relata cronológicamente los meses en los que en Oaxaca, a lo largo del 2006, vivimos el desmantelamiento por parte de la sociedad organizada de un Estado criminal y la posterior represión violenta de parte de la Policía Federal. Hubo desapariciones y asesinatos de Estado no sólo contra quienes formaban parte de la APPO (muchos de mis amigos y amigas entre ellos), sino contra civiles en general, periodistas y periodistas extranjeros. Oaxaca fue la primera insurgencia del siglo XXI en México de la que deberíamos aprender para tomar acciones directas y de autodefensa contra el narcogobierno represor de Enrique Peña Nieto y el resto de sus cómplices criminales de la clase política.



¿Pero la crisis actual ha despertado alguna intención literaria al respecto?
Me parece que los discursos “posmodernos” que abundan en nuestro tiempo ven con recelo y hasta ironía lo que antes se llamaban los “grandes relatos”. Entre ellos la política o la historia. Ese desinterés y nula crítica contra el poder y sus abusos en este país terminan por darle juego al mismo Estado, al que le conviene mantener dóciles y acríticos a los escritores. Estoy harto de las novelas solipsistas donde los narradores contemplan caer las hojas de los árboles desde su ventana en la colonia Condesa y que únicamente hablan de otros libros y de escritores muertos y de sus tumbas. Quiero decir: ¡allá afuera están asesinando a nuestros jóvenes, confinando a penales de máxima seguridad a estudiantes inocentes por protestar! Cualquiera de nosotros puede ser el siguiente. Cualquiera que se quede en silencio o en la inacción será recordado como cómplice de esas injusticias. 

¿Tú escribes con algún propósito social?, ¿cuál consideras que debe ser el papel de la literatura en circunstancias como ésta?
La escritura empodera. El testimonio de los abusos y crímenes de este narcoestado darán visibilidad a sus crímenes y contribuirán no sólo a crear una conciencia crítica y a reactivar una inteligencia colectiva, sino también a llamar a tomar a acciones para la justicia de parte de observadores y organizaciones internacionales que han estado muy al tanto de lo que ocurre en México. El régimen del PRI ha propiciado una política de masas que infunde el miedo, el temor de la gente a todo pensamiento crítico o disidente para no ser reprendido.
Por ejemplo, la noche del 20 de noviembre en que fui “encapsulado” y gaseado con otras tantas personas en el Zócalo por la policía… pudimos haber desaparecido en segundos como los 43 muchachos de Ayotzinapa o los 11 presos políticos detenidos arbitrariamente en esos minutos, volví a mi casa golpeado, asfixiado, lleno de gas lacrimógeno y de extinguidores de pies a cabeza, vigilado por un encapuchado durante muchas cuadras. Claro que el Estado pretende infundirte miedo, dejarte callado. Pero esa misma noche decidí relatar los hechos con esa misma furia para evitar que estos abusos sucedan de nuevo, evidenciar las prácticas brutales del poder. No sé si tenga valor literario y tampoco me importa, pero la crónica ha servido como testimonio ante el resto del país de la brutalidad con la que esta dictablanda somete a quienes queremos justicia y el fin de la impunidad.
La literatura no cambiará al país. Pero nos volverá más críticos, empáticos y justos para poder llevar a cabo acciones que lo transformen.

En tu libro es evidente un interés por los personajes de las clases más bajas del estrato social, todos caracterizados como ignorantes, vulgares y destinados a permanecer en la misma condición de pobreza y marginalidad. Son casi un estereotipo. Como si no se pudiera hablar de la pobreza sin hacer picaresca o irse a lo Víctor Hugo.
No quería que cayeran en los estereotipos. Me parece que los personajes que retrato en Metales pesados son muy carverianos… fracasados que intentan reformarse pero no lo logran. Por ejemplo Israel, el albañil que es protagonista del último cuento, está descrito como una persona inteligente y talentosa, pero que se enfrenta a circunstancias del sistema que le impiden tener otro tipo de vida. Cada vez que lo intenta el Estado ejerce una violencia invisible pero que funciona, una violencia económica, racista y clasista. Aunque sí hay un personaje que está construido precisamente como un pícaro: Héctor es el típico gandalla, un tipo nefasto y machista que me sirve como hilo conductor para las historias oaxaqueñas, un campeón de la retórica que envuelve a los otros para que lo sigan en sus empresas, aunque eso los lleve precisamente a no poder cambiar su condición.




¿Esto tiene alguna relación con la constante repetición del alcoholismo a través de varios de los personajes del libro?
Sí, pero varios son redimidos. No toman, pero no se sabe por qué no toman. Comencé a hacerlo para contraponerme a esta literatura sucia, muy urbana, que está llena de borrachos y cocainómanos. Me propuse que no hubiera nada de eso. Pero también es un truco técnico: cuando le quitas explícitamente un hábito o una obsesión a un personaje estás generando tensión automáticamente. Esto es para mí como el negativo de la pistola de Chéjov: él decía que si aparecía una pistola en el relato, tenía que dispararse; pero en el cuento contemporáneo ya no estás obligado a dispararlo. Esas obsesiones contenidas son como artefactos explosivos que dejo por todos lados para darle volumen a los personajes y crear pistas que no sabemos si son falsas.

Otra cosa que aparece por todos lados en Metales pesados es la descripción de la flora, de los árboles, tanto por el lado de Oaxaca como por el de Zacatecas. ¿Por qué tanta minuciosidad en las descripciones botánicas?
Qué bueno que lo mencionas, es uno de los rasgos que me gustan del libro. Eso comenzó como una especie de turismo ecológico, para distinguir las plantas que me resultaban tan nuevas cuando me mudé a Oaxaca. Hasta entonces, lo que sabía de árboles era lo que había leído en El señor de los anillos, donde esos nombres vegetales se vuelven parte del lenguaje literario. Por eso quise nombrar las plantas tal como se usan en lo cotidiano. A lo mejor “cuajinicuil” parece exótico por escrito, pero así se dice, es una palabra de lo más normal. Lo mismo quise hacer al hablar de los procedimientos y el ambiente de las minas, y en todo lo relativo a los caballos. Muchos escritores contemporáneos usan un lenguaje neutro y es algo que yo critico mucho. En cambio, me cae bien Pedro Lemebel: él dice que tiene la lengua salada y no pretende escribir para la globalización. Me parece una postura mucho más interesante tanto a nivel ideológico como estético. No hacerle las cosas fáciles a los traductores si ―ojalá― los hay. No ponerse de rodillas ante la lengua del imperio. Tampoco busco que sea exótico o pintoresco, creo que se trata sencillamente de decirle a las cosas por su nombre.








: estado mexicano, la maquinaria del terror






Todo anuncia que estamos ante la reedición de la Guerra Sucia. Todo parece indicar que, con la reinstauración del régimen autoritario del PRI, ha vuelto también —si es que algún día se fue— la oscura época del terrorismo de Estado de los años sesenta y setenta.

Sandino Bucio, estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y poeta, fue secuestrado selectivamente por supuestos elementos de la Policía Federal vestidos de civil en las cercanías de Ciudad Universitaria. Mientras lo tuvieron secuestrado y torturado física y sicológicamente, la amenaza de sus captores era ésta: “Mañana vamos a levantar a más”.

Ese es el mensaje que los recaderos del gobierno federal y el régimen del terror de Enrique Peña Nieto quieren hacerle llegar no sólo a los estudiantes y a los más jóvenes, sino a los cientos de miles de ciudadanos que nos hemos manifestado pacíficamente en las últimas semanas para exigir la presentación con vida de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Pero, sobre todo, es un mensaje para sembrar el terror entre el sector cada vez más amplio y plural de la población que se ha ido uniendo en una demanda común: que renuncie Peña Nieto.

La respuesta de toda esa ciudadanía harta de la impunidad y de los abusos de poder ha sido clara y contundente, y parece resumirse en la declaración de la madre de Sandino al ser liberado: “La detención de mi hijo es un asunto político. Es parte de la criminalización de la protesta que se está dando en este país. Lo que quiere el gobierno con la detención de mi hijo es desmovilizarnos, pero no podemos dejar de movernos”.

Más allá de la controversia levantada por las declaraciones de Sandino posteriores a su liberación y su comprobada participación en el bloque negro durante diversas protestas recientes, valdría mucho la pena no apresurarnos en gastar nuestros juicios morales —que a nadie le interesan—, centrarnos y no perder de vista el asunto capital en todo esto: la inexistencia del Estado de derecho en México.

Por las características que el propio Sandino describió en la entrevista con Carmen Aristegui sobre la forma de operar de los elementos que lo secuestraron, hoy sabemos que nos encontramos ante la existencia de una policía política como la que operaba para el viejo régimen del PRI, la Dirección Federal de Seguridad, creada durante la administración del presidente Miguel Alemán Valdés. La DFS fue el brazo policial del régimen autoritario del PRI para realizar, durante los años de Guerra Sucia, cientos de desapariciones forzadas (700 casos de esa época siguen sin ser resueltos), detenciones arbitrarias y allanamientos, todo fuera de derecho. Esta policía política fue responsable, entre muchas otras tropelías, de los asesinatos del periodista Manuel Buendía y del agente de la DEA Enrique Camarena; además —así como ocurre en nuestros días con las fuerzas policiales y militares del Estado que entregó a los 43 muchachos de Ayotzinapa al narco—, la Dirección Federal de Seguridad estuvo ligada al Cártel de Guadalajara fundado por el narcotraficante Rafael Caro Quintero, liberado ahora que el PRI volvió a ocupar Los Pinos.




“Te vamos a desaparecer como a los de Ayotzinapa”, era lo que le repetían como amenaza a Sandino Bucio durante las horas en que estuvo detenido por este grupo de policías del que no queda muy claro su origen ni la dependencia a la que estaban adscritos antes de ser cesados.

Sandino Bucio es amigo de Bryan Reyes. Este último y su pareja, Jacqueline Santana, fueron también víctimas de una aprehensión extra judicial a las afueras de su domicilio como las que ocurren en cualquier dictadura (menores de 35 años, estudiantes u obreros aprehendidos en sus domicilios en la gran mayoría de los casos), el 15 de noviembre pasado. Tal como Sandino Bucio, Bryan Reyes es otro miembro del movimiento #YoSoy132 que durante la campaña para las elecciones presidenciales de 2012 se manifestó en contra la de imposición por parte del duopolio televisivo del telecandidato Peña Nieto y que casi logra descarrilar su campaña. De ahí el odio de EPN contra los integrantes este movimiento. De ahí la venganza.

No es casualidad que la razzia de Peña Nieto tenga como objetivo a jóvenes estudiantes con las características de Sandino, de Bryan o Jacquelin, así como los otros 11 detenidos entre quienes fuimos violentamente “encapsulados” por la policía la noche del 20 de noviembre al terminar la mega marcha pacífica por los 43 normalistas. Peña Nieto, como su modelo Gustavo Díaz Ordaz, cuyo gobierno sanguinario algunos priistas afirman extrañar, odia a los jóvenes. Ve en ellos a su enemigo político. Y parecería que ha emprendido una campaña de terrorismo de Estado y de arrestos selectivos con motivaciones netamente políticas contra ellos. Algunas de las características de aquéllos a los que persigue la policía del mandatario son: 1) jóvenes, 2) pertenecen o pertenecieron al movimiento estudiantil YoSoy132 y –lo más agraviante para él– 3) leen o escriben libros.

Desaparición forzada, o desaparición involuntaria de personas, es el término jurídico que designa a un tipo de delito complejo que supone la violación de múltiples derechos humanos y que, cometido en determinadas circunstancias, constituye también un crimen de lesa humanidad. En los arrestos efectuados durante las dictaduras no se respetan las garantías constitucionales, como la igualdad ante la ley, el debido proceso, juicio previo, derecho de defesa, presunción de inocencia o el derecho a no declarar contra sí mismo. Todo lo que debieron padecer Sandino, Bryan, Jacqueline y los 11 detenidos del #20NovMx.

La PGR ha reconocido este año una cifra muy conservadora de “personas no localizadas” en México: 22 mil 322 en los últimos ocho años. Aunque la cifra discrepa con las 24 mil 800 más recientemente reportadas por la CNDH. Hay organismos que indican que el número llega incluso a 30 mil. Para darnos una idea del panorama ante el que estamos, los desaparecidos durante la dictadura de Videla en Argentina se estiman en alrededor de 30 mil, según el Reporte de Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. En Chile, durante la dictadura de Pinochet, según el Reporte Rettin, hubo 2 mil 279 personas que sufrieron desaparición forzada. En Argelia, durante la guerra sucia de los años noventa: 6 mil 146. Mientras que la guerra de Bosnia y Herzegovina dejó unos 30 mil desaparecidos. Y la Guerra de Chechenia, 2 mil 96.

El México de 2014 tiene cada vez más características de una dictadura:ejecuciones extrajudiciales, arraigos domiciliarios, desapariciones forzadas, tortura física, tortura sicológica, terrorismo de Estado, uso arbitrario de la fuerza, garantías constitucionales anuladas, intromisión en la vida privada de las personas, acoso y arresto selectivo…

Al ser liberado luego de horas que debieron ser una pesadilla, Sandino declaró algo que desde hace mucho los mexicanos y mexicanas sabemos y por lo que hemos tomado las calles en los últimos días para protestar: “El gobierno federal tiene toda una maquinaria de terror”.

No son sólo 43 los que fueron desaparecidos por esta misma maquinaria de terror del narco Estado. Son 43 + 30 mil.

Exigimos su aparición con vida y la renuncia inmediata de Enrique Peña Nieto.


*Texto tomado de mi columna Metales Pesados en la revista Emeequis.



3.12.14





: esperando a los bárbaros #ayotzinapa #yamecansé






¿Qué esperamos congregados en el foro?

Es a los bárbaros que hoy llegan.


1
Para mantener controlada y atemorizada a la sociedad por medio de un política de masas, desde hace décadas el viejo régimen ha propiciado el descrédito y la criminalización por sistema de casi cualquier tipo de pensamiento crítico o disidente al hegemónico entre los ciudadanos. Como en el poema de Kavafis, ha creado a sus propios “bárbaros” —esos otros amenazantes, imaginarios o reales— con los cuales atemorizar y domesticar a la ciudadanía. Los periodistas y medios orgánicos del régimen se han encargado de apuntalar hasta nuestros días esta narrativa del miedo.


Para cierto sector de la población, la gente que protesta, que se manifiesta públicamente ante alguna injusticia, no ha dejado de ser, bajo esta óptica, una “bola de huevones” que “no trabaja”. Los datos más recientes de la OCDE demuestran que los mexicanos somos los más trabajadores del total de países que integran esa organización. Los mexicanos trabajamos 2 mil 226 horas al año en promedio, cobrando los salarios más bajos, en circunstancias laborales deplorables y con las peores condiciones para la jubilación.Mientras que el promedio de trabajo de los países de la OCDE es de apenas mil 765 horas laborales por año. Según estos datos, los mexicanos —contrario al mito de orden clasista y racista— trabajamos considerablemente más que los franceses, los holandeses, los alemanes o los noruegos, por ejemplo.

2
Pareciera que el planteamiento por el que ha apostado el gobierno federal ante la crisis y las protestas nacionales e internacionales por Ayotzinapa es únicamente hacer tiempo, especular para salir con el menor daño político, criminalizar las protesta. Darle prioridad a los viajes por China y Australia, disfrutar de ostentosas mansiones de millones de dólares. Entre tanto el país entero, indignado, exige justicia.


El gobierno federal ha optado por cerrar los oídos y dejar que los movimientos de protesta se desgasten en su propia frustración e impotencia.Paralelamente, apuesta por el fortalecimiento y la justificación de medidas represivas. A partir de una retórica binaria heredada del discurso nixoniano en la guerra contra las drogas —“si no están con nosotros, están contra nosotros”—, se han ido acomodando poco a poco los elementos (infiltrados que violentan las marchas de protesta pacífica, policía violentando sospechosamente la autonomía universitaria ante un rector de la UNAM servil al régimen; la reaparición en la vida pública de distintas guerrillas en apoyo a los normalistas de Ayotzinapa) para pretextar el anhelo de un sector de la derecha y del mismo PRI: el retorno de otro iluminado presidente que emplee su “mano dura” contra la ciudadanía. Mano dura contra los “rijosos”, los “violentos”, esos otros bárbaros que el sistema necesita para justificar la retórica del miedo y la aplicación de la represión.

3
En días recientes, el historiador Enrique Krauze —y, después de él, Ciro Gómez Leyva en su columna de Milenio—, reclamaba vía Twitter a todos los ciudadanos que hemos alzado la voz y que hemos marchado en las últimas semanas pidiendo justicia y la aparición con vida de los 43 normalistas de Ayotzinapa, lo siguiente: por qué no nos manifestamos con la misma fuerza contra los criminales. Contra esos “bárbaros” que el propio Krauze define para el público gringo e hispano en su último artículo de The New York Times y El País como inherentes a la “cultura de violencia de Guerrero” y al “México bárbaro”. ¡México bárbaro! ¿El México porfirista de Yucatán y Oaxaca donde la Casta Divina esclavizaba a los indígenas, o un México que ha escapado de los supuestos beneficios la colonialidad y su consecuente modernidad? Ese que, como Oaxaca, millones de mexicanos en el sur del país habitamos. Qué difícil ver la colonialidad cuando alguien se educa en los esplendores imperiales de la idea de modernidad, dice Walter Mignolo.


Y yo me pregunto: ¿desde cuándo la ciudadanía está obligada a dialogar, a pactar, a demandar algo de los criminales o a confrontarse directamente con ellos? ¿No es la esencia de ese mismo Estado la de garantizar la seguridad de la población? ¿No es ese mismo Estado el que luego de décadas de negociar con ellos, los criminales, se ha mimetizado hasta convertirse en un monstruoso narco-Estado? ¿Cómo llamar a la conciencia a lo que por definición no la tiene?

Nosotros y nosotras somos los millones de mexicanos que jamás hemos asesinado, los que nunca hemos secuestrado, los que somos hijos de profesores y profesoras, los que fuimos educados en las escuelas públicas donde esos profesores y profesoras trabajan, los que somos amigos de profesores en escuelas rurales, los que habitamos ese México al que Enrique Krauze y John Kenneth Turner definen como “bárbaro”, un México en el que es inherente —según su afirmación racista y colonialista— la “cultura de la violencia”.Nosotros, esos millones, no pensamos demandar nada de esos criminales. Lo que exigimos es justicia del Estado y la presentación con vida de los 43 jóvenes normalistas de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa.

Y una precisión: México no sólo es Polanco.

¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?
Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.




4
Lo que sobran son los ejemplos de ejercicios ciudadanos de denuncia y de acciones concretas contra los criminales frente al pasmo, la omisión o la franca asociación de los gobiernos con el narco. El hartazgo, que antes era miedo y circunspección, se ha transformado ante la inacción y corrupción de ese Estado en acciones individuales; muchas de ellas desesperadas y temerarias. No me parece que sea la vía.


Ahí está el lamentable caso de la doctora Rosario Fuentes, que hasta el pasado 15 de octubre denunciaba y alertaba de situaciones de riesgo relacionadas con el crimen organizado en Tamaulipas, una entidad donde ni siquiera es posible realizar trabajo de reportero por el alto riesgo que éste implica. La doctora Fuentes, luego de recibir amenazas, fue secuestrada, torturada y finalmente asesinada. Una foto de su cadáver hecha con su propio celular fue subida a su cuenta de Twitter con una advertencia para que los demás ciudadanos no nos atreviéramos a seguir su ejemplo.

Ahí está también el ejemplo de otro doctor. José Manuel Mireles, líder de las autodefensas en Michoacán que debieron ocupar las funciones se seguridad que el Estado nunca les brindó contra los grupos criminales que asuelan hasta la fecha la entidad. El doctor Mireles fue emboscado y encarcelado por el Estado sin que hasta hoy tengamos muy claros los motivos de su detención. El líder del cártel de Los Caballeros Templarios, Servando Gómez, La Tuta, sigue gozando de libertad y entrevistándose a su antojo con diferentes políticos de Michoacán a quienes él y su grupo brindan protección.

La protesta ante un crimen de lesa humanidad como el de Ayotzinapa es también la protesta contra esa delincuencia que el Estado creó, ayudó a desarrollar y que protege de acuerdo con sus intereses políticos o económicos.

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Y, mientras tanto, frente a la crisis de un Estado nebuloso y débil, Enrique Peña Nieto tomó una decisión por la que no sólo la prensa internacional, sino la historia, lo juzgará: tomó la decisión de huir del país. Y así será recordado.

Ante la crisis, Peña Nieto optó también por el silencio: mientras escribo esto, se han cumplido 11 días de absoluto silencio en la cuenta oficial de Twitter de quien debería ser el responsable del Poder Ejecutivo; mientras que el hashtag #YaMeCansé —surgido de la cínica declaración del procurador Jesús Murillo Karam frente a los padres de los 43 normalistas y apropiada de inmediato en las redes sociales para exigir justicia y movilizar a la ciudadanía— cumple más de una semana como tendencia mundial. El contraste es altamente sintomático: del decidido involucramiento de ciertos sectores de la ciudadanía antes apáticos y ahora indignados y hartos de la indolencia de sus gobernantes, por un lado; y del oprobioso vacío dejado en el timón del país, por el otro.

Los ojos del mundo están puestos en México. El Estado y el gobierno se han cruzado de brazos. Se anuncia la primavera de la ciudadanía.
O en palabras de Kavafis:

¿Por qué esta inacción en el Senado?

¿Por qué están ahí sentados sin legislar los senadores?
Porque hoy llegan los bárbaros.
¿Qué leyes van a hacer los senadores?
Ya legislarán, cuando lleguen, los bárbaros.



*Texto tomado de mi columna Metales Pesados en la revista Emeequis.


13.11.14





: no habrá fosas suficientes 
para callarnos a todos







El pasado 2 de noviembre, aquí en la ciudad de Oaxaca, fue instalado un altar y un poema mural en el Museo de Arte Contemporáneo (MACO). El texto abarca uno de los muros principales del edificio y es de David Huerta. Está fechado en el Día de los Muertos  y escrito para un país en luto por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa:

[…]
Esto es el país de las fosas
Señoras y señores
Éste es el país de los aullidos
Éste es el país de los niños en llamas
Éste es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedó
[…]
El pan se quema
Los rostros se queman arrancados
De la vida no hay manos
Ni hay rostros
Ni hay país
[…]

Para Levinás, como en el poema de David Huerta, la relación entre los seres humanos ocurre a través del rostro del otro; que no es otra cosa que una construcción: una máscara. Alguien que muere con el rostro cercenado como los cadáveres en las fosas de Iguala es también un rostro que se convierte en máscara: “La expresión desaparece. La experiencia de una muerte que no es la mía es la experiencia de la muerte de alguien que, de golpe, está más allá de los procesos biológicos, que se relaciona conmigo en forma de alguien”. La desaparición forzada y la muerte violenta de cualquier mexicano o mexicana es, por lo tanto, la desaparición y la muerte de cada uno de nosotros mismos. La desaparición y la muerte de nosotros como sociedad, como país.

¿El futuro que le espera a México es terrible y sombrío? No es así. Estamos viviendo, de hecho, el más aterrador y oscuro de los Méxicos posibles en la historia reciente. Por delante, entonces, sólo se avizora la luz entre las puertas de la lucha como opción a la esperanza.

La globalización, el exceso en la cantidad y la velocidad de la información, nos han vuelto atentos e informados espectadores de la injusticia y el horror mundial. No es que la globalización, el internet o la tiranía de la imagen nos hayan transformado en seres insensibles o moralmente atrofiados. Por el contrario. Nunca como antes en la historia de la humanidad ponemos reparos y nos indignamos frente a la menor injusticia, por lejana que ésta sea. Sin embargo, aunque pretendamos actuar de manera directa, es verdad que nunca como antes la brecha entre nuestro despierto sentido moral y nuestra capacidad para incidir en consecuencia sobre la realidad es tan grande y tan incongruente.

Somos meros espectadores. Individuos que no nos involucramos de manera activa para ayudar a resolver una situación en la que otro ser humano necesita ayuda. Estamos dejando, como afirma David Huerta, que el país --y nosotros con él—desaparezca con cada asesinato del narco-Estado, con cada desaparición forzada. Somos espectadores a quienes de vez en cuando los gobernantes simulan atender (“La neta, lo que ustedes digan, chavos”: Osorio Chong frente a los estudiantes del IPN) para fingir que les importa; mientras que por todo el país se perpetúa el baño de sangre y la impunidad de las que es cómplice y parte ese mismo Estado.

Ante los crímenes de lesa humanidad de Tlatlaya y de Ayotzinapa, nos hemos comportado como individuos bien informados, críticos, y hemos estado moralmente a la altura. No hay quien deje pasar la ocasión para manifestar públicamente su indignación. Pero, ¿y después? Muy a nuestro pesar, nos hemos dado cuenta de que hace mucho que fuimos despojados por el sistema de las herramientas necesarias para ir más allá de la queja informada pero estéril, para actuar y modificar la injusticia y el terror cotidiano en la realidad. El Estado nos ha desarmado. Nos ha vuelto clientes-votantes-espectadores-pasivos.

Nuestra reacción ante injusticias como la de los 43 normalistas desaparecidos por las fuerzas del Estado suele ser como la del Ángel de la Historia de Walter Benjamin, que corre desbocado con la espada desenvainada hacia adelante, motivado o repelido por el horror que le ocasiona esa injusticia, pero incapaz de hacer nada sino contemplarla hacia atrás. Así corremos todos nosotros en estos días. Gritando y agitando la espada chata de la justicia contra el aire. Gastando nuestra ira, nuestra indignación y nuestras energías contra la nada absoluta mientras esa injusticia crece como un río de sangre y se perpetúa a nuestras espaldas.

¿Cómo hacer entonces para dejar de ser meros espectadores escandalizados ante los horrores llevados a cabo por el narco-Estado y comenzar a ser actores? ¿Es posible afilar nuestra espada y dar al fin en el blanco? Me parece que sí. El momento es ahora. Y el método es justo aquél que las políticas neoliberales de los últimos sexenios han querido desmantelar para que no podamos usarlo: dejar de ser individuos aislados y contagiados por una indignación infecunda y volver a la polis, actuar como lo que a nuestros gobernantes no les conviene que seamos: una colectividad.  

Es decir: pasar del “PIENSO, LUEGO ME DESAPARECEN”, al “ME REBELO, LUEGO SOMOS.”

Sólo entonces los gobernantes se enterarán de que no habrá fosas suficientes para callarnos a todos.

Es momento de concebir la justicia ya no como el ángel colérico dando sablazos solitarios al vacío; sino justicia como un eslabón sostenido de mano en mano, como un sistema de lealtades extendidas a lo colectivo. Así como no permitiríamos daño a nuestros hijos, padres y hermanos, no hubiéramos permitido tampoco daño a los 43 hijos y hermanos de esos padres de los alumnos de la escuela Normal Rural de Ayotzinapa, ni a ningún otro ser humano.

Más allá de la triunfal campaña para promover internacionalmente las reformas de Estado de cuño neoliberal, el mundo sabe ahora que hace mucho tiempo que la sociedad mexicana está sitiada. Sitiada por un gobierno sangriento. Un gobierno que hoy --como en 1968, como en la Guerra Sucia de los setenta, como en Aguas Blancas, como en Acteal, como en Oaxaca, como en Tlatlaya--, renueva su vocación originaria y auténtica: la vocación represora y asesina.

México padece un cáncer. Y los gobiernos, como el cáncer, carecen de conciencia. No podemos exigirles lo imposible. Como imposible es erradicar el cáncer desde las instituciones por las mismas vías institucionales cuando las propias instituciones son el origen de ese cáncer, y sus mecanismos la forma por la que realizan metástasis para perpetuarse hasta aniquilar todas las células vivas. Para seguir destruyendo al organismo del que han parasitado desde hace décadas: la sociedad mexicana.

Asegura Zygmunt Bauman que no hay mejor remedio para el síndrome del silencio y la indiferencia en la época de los espectadores que el discurso comprometido. Yo diría que México nos exige esta vez aún más y que se lo debemos: el discurso comprometido, sí, pero no coyuntural y esporádico sino sostenido, con las acciones en consecuencia que sean necesarias para sostenerlo en nuestra vida diaria y, sobre todo, en las calles, en el ámbito comunitario. Ha llegado la hora de actuar fuera del sistema necrosado por ese cáncer. Llamar a la desobediencia civil pacífica y generalizada. Acudir al paro nacional de este 5 de noviembre en todo el territorio nacional.

Basta un ser humano que cercene a un solo ser de la sociedad de los vivos para que él mismo se excluya de ésta. Hannah Arendt advirtió que nuestra tarea, en esta era de los espectadores, era asumir la responsabilidad por todo crimen cometido por seres humanos, “que a nadie se le asigne el monopolio de la culpa, y que los buenos ciudadanos, sobrecogidos de terror ante los crímenes de Estado, no digan ‘¡Gracias a Dios no soy así!’, sino que reconozcan, temblando y temerosos, el mal incalculable del que la humanidad es capaz, y que lo combatan con audacia, a sol y sombra, en todas partes”.

Los habitantes de este país debemos aprender, honrar y ser consecuentes con la mayor lección heredada por nuestros jóvenes acribillados e incinerados, por nuestros normalistas desaparecidos, por nuestros estudiantes destazados y arrojados en fosas. Reconocernos en sus rostros descarnados, en sus rostros calcinados y arrojados al anonimato oprobioso de las fosas. Una lección que no hará revivir a nuestros muertos, pero que se desgañitará hasta ver volver con vida a nuestros 43 + 30,000 desaparecidos. Será una lección que nuestros narco-gobernantes deberán escuchar de aquí en adelante martillando en sus cabezas, muy a su pesar, porque será pronunciada una y otra vez por nuestra voz renovada --una voz fuerte y firme y clara y colectiva--, que calará en sus consciencias atrofiadas de día y de noche, que no les dará tregua, que no los dejará dormir.

Porque estamos hartos de habitar en el silencio y la inacción si ese silencio y esa inacción son lo que ha invisibilizado y tolerado la violencia del narco-Estado. Así que de ahora en adelante a esos gobernantes les llamaremos por su nombre: ASESINOS.

Y, entonces, cuando a partir de este 5 de noviembre ya no seamos más unos individuos indignados, sino una legión inseparable que no descansará hasta obtener justicia, el grito que hará tambalear a ese Estado asesino y que retumbará en todo el mundo dirá: ¡NO HABRÁ FOSAS SUFICIENTES EN ESTE PAÍS PARA CALLARNOS A TODOS!

*Texto tomado de mi columna Metales Pesados en la revista Emeequis.