30.5.07




: ácido bórico



para C.R.G.




01. Esa madrugada las cucarachas terminaron al fin por sacarme del departamento. Todo, absolutamente todo, incluyendo mi matrimonio y la ciudad, se fue a la mierda.

02. Por la tarde tomé unos mezcales y me fui a nadar a un balneario de las afueras de Oaxaca.

03. El departamento nos había sido recomendado por Martín Solares. El lugar era una casa antigua y céntrica, pero remozada y dividida en departamentos amplios listos para recibir la basura per cápita diaria en la que hozaban gringos jubilados durante las temporadas altas, pero que, por el conflicto social que paralizó a la ciudad desde hace meses, se encontraba vacío y a menos de mitad de precio, es decir, a un precio de pronto no prohibitivo para un matrimonio mexicano joven y de clase media como lo éramos Claudia y yo.

04. Esos días llevé un diario en una Moleskine. Un diario, diagramas y dibujos. Por eso lo tengo tan claro. La primera cucaracha que vi fue una del tipo que días más tarde catalogué en mi libreta como “obispo”, cucaracha-obispo, por la forma recta y recortada como una capa que adquirían sus alas en la parte inferior, además de lo prieto de su pigmento. Prieto como la mierda. O como los obispos, más exactamente. Eso es. Antes de aquel episodio no conservo recuerdo de mayor contacto que el incidental, anecdótico o distante con cualquier clase de blátido. Cuando la vimos, Claudia, de temperamento claramente más urbano y civilizado que el mío, dio visos de querer aplastarla por acto reflejo, pero la sola idea de escuchar el estallido del esqueleto externo como el crepitar de una nuez bajo la suela me movió a detenerla en el acto. El insecto aprovechó esos instantes de duda para subir por su sandalia y trepar con una velocidad amenazante hasta su muslo interno antes de que yo se la sacudiera de encima con un periódico. ¿Tocarla yo? ¡Ja! Ni hablar... El animal fue caer al suelo con un ligero chasquido, a perderse más tarde debajo de la estufa como un cochecito de fricción enloquecido. Claudia pocas veces me había mirado de esa manera.

05. Aunque nuestra estancia en Oaxaca tenía un propósito muy determinado y de antemano finito, Claudia y yo no dudamos en darle a la casera un depósito equivalente a la renta de un mes en signo de buena voluntad, creyendo con candor que podríamos volver extensibles una vacaciones posteriores bajo el subterfugio de una comisión de su trabajo. Ninguno de los dos hubiera apostado un peso a lo contrario.

06. No me atreví a desempacar durante tres días.

07. Claudia debía viajar sin variedad todos las mañanas hasta un pueblo cercano para hacer el trabajo que nos había traído desde el norte hasta acá. El Forum de las Culturas le había consignado la documentación gráfica y escrita, día a día, del proyecto de cierto artista plástico zapoteco mimado por la Fundación Rockefeller en lo que seguramente sería una reivindicación por su conciencia de culpa blanca antes que de cualquier parámetro estético. Y es que a decir verdad las estatuas eran naives y horrorosas, sobre todo horrorosas. La empresa consistía en crear dos mil quinientas un estatuas de barro de tamaño real, representando a sendo número de emigrantes mexicanos fallecidos en la frontera con Estados Unidos. Una locura y una pérdida de tiempo, si me lo preguntan. Pero el caso es que, salvo las primeras veces que la acompañé al pueblo fantasma sitiado por huestes de estatuas de barro, como regla general me quedaba en casa. A eso, en resumen, y nada más, habíamos ido hasta allá. O al menos ella. Yo, por mi parte, fingía escribir una nueva novela, tal como he hecho en los últimos años para quitarle unos pesos a mi agente e ir al día.

08. De la segunda y tercera cucarachas que pude ver en el departamento, una de ellas pertenecía a eso que me dio por clasificar como del tipo “díazordaz”, cucaracha-díazordaz, por las asombrosas similitudes que encontraba con el rostro de aquel ex presidente, no sólo en facciones, sino en las maneras de desplazarse y, en general, en su forma expansiva y campechana de ocupar el mundo. Su coraza era más pálida y traslúcida que la de una cucaracha-obispo, su talla visiblemente más corta. Y lo sé porque en esa ocasión las vi juntas. Había ido al supermercado a hacer nuestras primeras compras de víveres cuando me las topé, justo en la línea imaginaria del vano de la puerta de la recámara. De inicio creí que se trataría de alguna mutación oriunda de cucaracha como consecuencia lógica de la abundancia de gases lacrimógenos y gas pimienta en la ciudad. Pero no. Un cuerpo luengo y articulado se contorsionaba sobre sí mismo. Una pareja de cucarachas apareándose, pensé luego. Pero sólo hasta que me puse en cuclillas y tuve a la pareja de insectos a medio metro de mis narices, me pude percatar de lo que en realidad hacían. La cucaracha-obispo devoraba a la cucaracha-díazordaz por la cabeza. La obispo era casi el doble de talla que la primera que vimos, con la diferencia de que ésta mostraba una especie de collarín parduzco que de alguna forma debería distinguirla o realzarla en jerarquía selectiva frente a las otras. No lo sé. El caso es que la cucaracha-obispo detuvo su cruel envestida contra la pobre díazordaz en el momento en que logró arrancarle al fin la cabecita. Ni siquiera se la comió. Luego se marchó a toda velocidad zigzagueando por la orilla de una pared para irse a perder en un orificio del registro de agua. Me puse de rodillas, tirando al suelo las bolsas del supermercado sólo para poder recoger entre el índice y el pulgar la cabeza cercenada de la cucaracha-díazordaz. Sus larguísimas antenas aún se movían frente a mis ojos como látigos.

09. La primera vez que Claudia no volvió a casa por la noche ni siquiera me alarmé. Ni tenía motivo. Cerca de la hora de la cena me envió un mensaje de texto para avisar que pasaría la noche en el pueblo de las estatuas de barro, pues los taxis colectivos, el único medio para volver a la ciudad, había dejado de circular hacía una hora. No dejó de parecerme sospechoso su mensaje, pues en aquel pueblo no llega señal telefónica. Cené corn-flakes, pan dulce con Coca-Cola y me fui a dormir. Al amanecer descubrí que las cucarachas habían tenido una orgía magnífica sobre mi tazón. La hambruna había terminado. Muchas, incluso, no pudieron abandonar el fondo por lo gordas que habían quedado.

10. Le conté a Claudia el incidente pero ella, dentro de su pragmatismo insobornable, adujo que era lo más normal que un departamento desocupado durante tanto tiempo tuviera insectos, que sólo era cosa de días para que cedieran a nuestra presencia. Además, ella sólo había visto la primera cucaracha-obispo, una sola, y dijo que tampoco era para tanto, que no fuera tan fresa. Juro que eso dijo.

11. En el mercado le conté mi problema a una vendedora de tlayudas. Me recomendó el ácido bórico y compré tres frascos en una ferretería. Para ese tiempo habían trascurrido dos semanas y no me había bañado siquiera por temor a que uno de esos insectos saliera por la coladera y subiera hasta mis testículos para devorarlos tal como vi hacer a la cucaracha gorda del collarín con la cabeza de una pobre cucaracha-diazordaz. Me veía obligado a comer fuera sin variedad, pues no pretendía correr el riesgo de almacenar sobrantes de comida, no iba a ponerles un banquete nunca más. Pero, sobre todo, lo que me decidió a recurrir al ácido bórico fue la aparición de una tercer clase de cucarachas, la más asquerosa, evolucionada y temible de todas. La cucaracha-calderón.

12. Antes de usar el ácido bórico por recomendación de la señora del mercado, le llamé por teléfono a Martín Solares a París para pedirle un consejo. No se me ocurrió mejor idea dado que fue él mismo quien me había recomendado el departamento, y en mi reducida visión del mundo era él y no otra persona quien debería tener la respuesta que yo estaba esperando escuchar. “Raid Max”, fue lo último que dijo Martín desde el otro lado del Atlántico con una voz pastosa antes de volver al sueño del que mi llamada lo había sacado.

13. La segunda vez que Claudia no volvió a casa por la noche fue, según ella, por algo un poco más serio. El movimiento popular había cerrado todas las vías de acceso por tierra. Hubo helicópteros sobrevolando el centro y un olor agridulce impregnó el ambiente como resabio de los gases y la pólvora. Encendí la tele y un tipo dijo que la policía federal estaba en camino. Tres aviones Boeing. Una veintena de helicópteros. Una treintena de tanquetas. Y ni un solo taxi para volver de aquel pueblo perdido, según Claudia. ¡Bah! ¿Quién va a creérselo? No las cucarachas, claro. Ellas se quedaron en la ciudad, al pie del cañón.

14. Es asombrosa la cantidad de sensaciones auditivas y visuales que puede causar un veneno para insectos en apariencia tan dócil como el Raid Max. En su tiempo jamás usé el cloruro de etilo, “heroína rápida”, que de pronto se puso tan de moda entre los adolescentes de clase media-baja con los que me inicié en muchas otras cosas durante la prepa, pero intuyo que los efectos no deben ser muy diferentes. La primera semana rocié durante tres días, mañana y noche, cada rincón, cada orificio del departamento con el spray. El resultado fue inmejorable. Al volver a casa encontraba el suelo tapizado de decenas de cadáveres duros y crujientes. Sin embargo, bastaba que se emancipara la concentración de Raid Max para que una nueva camada de insectos plagara el baño, el clóset, la cocina y la recámara, sobre todo la recámara, donde estaba el registro del agua.

15. Cuando Claudia se dormía, me acostumbré a estar bien alerta, a encender las luces y a estar atento sin pestañear con la vista clavada en las paredes, en las esquinas, en el techo, en la alacena, en los resquicios más profundos y coladeras, con la botella de Raid Max en mano. Apenas apretar el disparador y las muy culeras caerían muertas, retorciéndose sobre sí mismas, con las seis patitas tiesas al aire. Muchas veces acerqué el oído hasta ellas para intentar escuchar el sonido que deben hacer cuando agonizan. Nunca obtuve resultados.

16. A la tercera semana ya no dormía ni una hora. Alguien tenía que mantener la guardia. Y no era yo quien iba a dar su brazo a torcer ni mucho menos a otorgar tregua. Fue entonces cuando me recomendaron el ácido bórico. Me recomendaron hacer una preparación con manteca, azúcar, mucha azúcar, y cantidades generosas del ácido. El resultado fue una pasta ambarina y rica como el dulce de leche, pero letal para los insectos y su prole. A veces, durante las noches, cuando Claudia de quedaba dormida, la untaba sobre pan tostado y la acompañaba con Coca-Cola y Red Bull para mantenerme despierto ante cualquier eventualidad. Dejé de hacerlo cuando un buen día el dolor de estómago no me permitió levantarme.

17. La cucaracha-calderón era la peor de todas las que logré clasificar en ese período. Era la más golosa, sucia, torpe y lenta de todas. Nada qué ver con la bravura y el arrojo de la obispo, ni mucho menos con la astucia y la rapidez de la diazordaz. La cucaracha-calderón era pertinaz, imbécil pero pertinaz y, sólo ahora lo creo, inmortal. Fue esa especie la que terminó por sacarme del departamento. Cuando me daba a la tarea de leer, por ejemplo, cosa que cada vez sucedía con menor frecuencia, tenía que mantener el rabillo del ojo alerta para evitar sentir de pronto ese cosquilleo tan familiar bajando por mi espina dorsal. Dejé de traer en definitiva comida a la casa y procuraba usar el baño lo menos posible, mantenerlo aséptico con Clorálex y Pinol, tal como el resto del departamento, que aseaba desde temprano, tres veces al día, pero que con todo y eso parecía no ser suficiente.

18. La tercera noche que Claudia no volvió a la casa la radio local fue intervenida y una voz agitada dijo que era momento de “una nueva revolución”. Juro que así lo dijo. Pasaron tres noches más y Claudia seguía sin aparecer. Pensé en llamar a Martín Solares, pero recordé que en París a esas horas la gente acostumbra dormir. En el pueblo donde Claudia trabajaba no había teléfono ni internet y su celular jamás recibía señal en ese sitio. El gas pimienta se filtró por los vanos y afuera hubo bullicio y trasiego y crepitar y detonaciones. Se cortó la energía eléctrica. Me encerré en el clóset abrazando una botella de Raid Max para mantener a raya a las cucarachas-calderón, que insistían en buscar refugio alrededor de mi calor corporal y de mis detritos. Alguien en esos días incluso entró al departamento y se llevó todo lo que consideró de valor. Intentó varias veces forzar el clóset, sin éxito.

19. A Claudia nunca volví a verla.

20. En mi Moleskine clasifiqué también los distintos tipos de muerte que pude distinguir. Los cadáveres pasados por Raid Max sin variantes terminaban con el esqueleto exterior tostado y crujiente. Las muy cabronas terminaban tiesas y desecadas como hojarasca. Pero en cambio, las muertes producidas por ácido bórico variaban sutilmente, dependiendo de la cantidad de veneno consumida así como de la talla, especie y edad del insecto. Por lo general las cucarachas terminaban inflamadas y bañadas por su propia humedad, como si hubieran fallecido por permanecer toda la noche en un tazón de corn-flakes. Incluso, en los casos más drásticos, llegué a ver muertes por estallamiento de órganos internos y profusas hemorragias. Una sustancia blancuzca y difícil de quitarse de encima escurría por sus vientres y cabecitas formando burbujas plastificadas.

22. Cuando hizo su efecto, el ácido bórico que esparcí por todo el departamento me regaló mis primeras horas de sueño en muchos días encerrado en el clóset, sin salir apenas para ir al baño o tomar agua del garrafón en el que de todas formas nadaban los insectos a sus anchas. Con todo esto, no tenía manera de saber que lo peor estaba por venir con la segunda llegada de la cucaracha-calderón, que fingía estar muerta para luego, aprovechando cualquier descuido, volver a la carga por entre los resquicios de la puerta del clóset.

23. Un buen día en la calle volvió a reinar el silencio. Supe que no debía pensármelo dos veces, que debía aprovechar la tregua o la escampada o cualquier cosa que ocurriera allá afuera, para huir a toda prisa de ese culo del diablo en donde Claudia había ido a meternos.

24. Ningún tipo de transporte público seguía funcionando. Sólo vehículos policiales y tanquetas. Nadie que viera mi facha haciendo dedo en la carretera quiso llevarme. Debí caminar varias decenas de kilómetros sin saber bien a bien hacia dónde me dirigía. Por la tarde me fui a tomar varios mezcales en el primer antro que pude ver en las afueras de la ciudad. Y más tarde a nadar en un balneario de San Agustín Etla, el lugar a donde sin saberlo me habían guiado mis paso. Cuando salí de la alberca, mientras me secaba con una toalla clorada y tiesa, un hombre me preguntó lo siguiente: “¿Viene de la ciudad? ¿Es cierto que llegó la Policía Federal y que hubo decenas muertos? Ya no hay señal de radio...” Al ver que no le respondía, unos minutos después insistió por otro cauce. “¿Y cómo está el agua?” “Deliciosa”, dije.




Ciudad de Oaxaca

(c) 2007, Tryno Maldonado