6.12.12






: 23 lecciones para usar una cámara fotográfica de plástico (y apuntes en torno a los muñecos del malecón) 






Texto tomado de mi columna Metales Pesados en la revista Emeequis.



La serie de fotografías que verán a continuación, fue realizada por mí para esta columna siguiendo al pie de la letra los 23 preceptos instaurados para realizar fotografías con una cámara Diana de plástico descritos por Mario Bellatin en El libro uruguayo de los muertos (Sexto Piso, 2012). Dichas fotos, además de vindicar en la práctica el manual bellatiniano para tomar fotografías, pretenden ilustrar de manera más certera aquello que, por las limitantes inherentes a las palabras escritas, el texto que leerán a continuación simplemente no conseguirá ilustrar ni dilucidar. Vale señalar que para futuras reproducciones, publicaciones o exposiciones de estos materiales –tal como recomienda Mario Bellatin en su libro–, texto y fotografías serán indisolubles e inseparables las unas del otro. 

  1. No tomar con esta cámara fotos por gusto.
  2. Buscar que la luz ilumine francamente los objetos.
  3. Procurar que siempre haya rojos y azules intensos en el cuadro.



Estamos en La Habana. Mario Bellatin y yo sentados en el piso en torno a una mesita de centro. En ella, un altero de hojas de fotocopias con una de las fotografías que Mario ha tomado con una cámara de plástico mucho antes que los emuladores de cámaras de plástico para iPhone se pusieran de moda. Mario toma una hoja a la vez y, de una plantilla con estrellitas brillantes como las que se acostumbran poner en el kínder o en la primaria, pega una en cada hoja. Mi labor en la cadena fordiana de Mario es sencilla. Una vez pegada la estrellita dorada, tomo la hoja, remojo un sello en el cojinete con tinta y plasmo el sello con el nombre del autor. Mario Bellatin. Así durante al menos dos horas en las que artista y ayudante entramos en una especie de trace. A veces nos turnamos. Es Mario quien entinta y sella y soy yo quien ensaliva y pega. Entinta y sella. Ensaliva y pega. Sergio Pitol, sabiendo que todo aquello será utilizado para hablar de él y de su obra durante la Semana de Autor en la Casa de las Américas de La Habana, nos observa divertido. Nos observa espantado. Aquellas fotocopias y el proceso de creación de las fotocopias son los mismos descritos en El libro uruguayo de los muertos. La foto de esas fotocopias, de hecho, es la que ilustra la portada.

  1. Tratar de entender los engargolamientos de la luz.
  2. Sólo se deben sacar paisajes abstractos cuando se fotografía el cielo.
  3. Buscar en los paisajes cercanos principalmente la presencia de marcados puntos de referencia.



Visitamos en La Habana a un grupo de intelectuales que se reúne en un minarete del Vedado. Me explica Mario que aquellos sabios se reúnen de manera periódica en su minarete para tratar asuntos filosóficos de la mayor trascendencia. Uno de ellos, además de sabio, es peluquero. Igual que Jean-Paul Sartre lo registra en las crónicas de su viaje a La Habana en 1960, el peluquero de los sabios del minarete es capaz de clasificar la taxonomía de las barbas y los cortes de cabello revolucionarios con sólo verlos. Y es este peluquero el encargado de mantener las barbas, las melenas y las uñas de los intelectuales del minarete según el tamaño y la forma de sus ideas. Es él quien le ha contado con anterioridad a Mario la historia de los muñecos del malecón que aparece en El libro uruguayo de los muertos. Sin embargo, esta vez, nos pone al día con la historia.

  1. No forzar las instrucciones que vienen en la cámara.
  2. Saber que un poco nublado –o la no presencia obvia y plena del sol— es ya nublado.
  3. Nunca improvisar una foto. Recordar siempre que la sorpresa debe ocurrir no en la realidad sino frente a la copia revelada.



La historia que nos contó el peluquero de los sabios del minarete fue más o menos como sigue. Se había corrido la voz del relato de los muñecos del malecón que Mario Bellatin había hecho constar en su crónica. Y para esa época ya eran varios los estudiosos interesados en visitar la isla con fines de realizar investigación de campo. Hubo entre estos estudiosos, según el peluquero de los sabios del minarete, un grupo de mexicanos que, como nosotros, había viajado a La Habana en esa época. La misión de aquel grupo de estudiosos era sencilla. Desmitificar la leyenda de los muñecos del malecón. Y, en caso contrario, en caso de que tales muñecos en verdad existieran, elaborar un profuso tratado sobre sus características. Incluso, con suerte, lograr capturar alguno de esos ejemplares para llevarlo consigo a México como objeto de estudio y, tal vez, para su exhibición. Después de la llegada de los estudiosos, su misión fue detectar dónde estaban ubicados realmente los muñecos. Lograron hallar desde el principio, según el peluquero de los sabios del minarete, a los que se encontraban apostados a lo largo del malecón. Sin embargo, sabían que aquellos ejemplares eran los más peligrosos, que se conocían casos de muertes por las fuertes descargas que otros estudiosos de otros países habían recibido al entrar en contacto con su mecanismo, según se hace constar en El libro uruguayo de los muertos. Así que continuaron buscando.

  1. Crear cuanto antes líneas de trabajo temático. Aunque sea dos.
  2. La primera de estas líneas puede tener como referente aquellas imágenes en las que aparece Perezvón dentro de los paisajes desvaídos más allá del tiempo; y la segunda con algo que tenga que ver con retratos.




Durante la Semana de Autor dedicada a Sergio Pitol en La Habana, voy advertido de que uno nunca sabe con qué puede toparse durante una lectura de Mario Bellatin. Perros sentados a la mesa de presentación mientras se reproduce una cinta de audio. Clones de Margo Glantz con los que uno puede entablar un sesudo debate sobre Sor Juana. Una doble de Frida Kahlo para presentar un tratado sobre Frida Kahlo que habla de todo menos de Frida Kahlo. Etcétera. Sin embargo, esta vez Mario ha sido más moderado. Quizá adaptándose a las circunstancias particulares de la isla, pienso. Medio centenar de estudiantes chinas de español aguardan sentadas en el auditorio donde leerá Mario Bellatin, expectantes. Las estudiantes chinas aplauden cuando Mario entra al auditorio como aplaudirían al ver llegar a un rockstar. Toman fotos. Las estudiantes chinas callan con un silencio casi votivo cuando Mario habla. Las estudiantes chinas llevan puestas idénticas playeras rojas tipo polo. ¿De dónde sacó Mario el presupuesto para todo esto?, pienso mientras veo a las muchachas ocupando la gran mayoría de las sillas como si fueran, en efecto, un ejército de clones. ¿En qué momento las organizó a todas si estuvimos pegando estrellitas y poniendo sellos la mayor parte del tiempo? Cada una de las estudiantes chinas recibe de parte del autor una pieza con la foto de un muñeco en el malecón de La Habana tomada con su cámara Diana de plástico. Cada hoja tiene la estrellita dorada y el sello estampado con el nombre de Mario Bellatin. Minutos después, cuando la lectura de un extracto inédito de El libro uruguayo de los muertos ha comenzado, el ejército de clones chinas desaparece como por acto de magia. Y, luego, nada. Los asistentes no orientales del espectáculo en la sala, que somos minoría, contemplamos absortos y nos observamos unos a otros. Lo dicho. En una lectura de Mario Bellatin uno jamás sabe con qué va a toparse.

  1. También se puede continuar fotografiando las secuencias “on the road” pero teniendo siempre a Perezvón o al Chevy negro como referencia.
  2. Otra línea más puede tener que ver con la toma de fotos “kitsch”, que deben ser impresas en papel brillante. Una búsqueda propia de lo popular. Sin olvidar nunca el rojo ni el azul.



Un día después me entero por el Granma que Hu Jintao, el presidente de la República Popular China, está de visita en La Habana. Se hospeda en el Hotel Nacional. ¿Habrá financiado el gobierno chino el performance del día anterior: la aparición y desaparición tumultuaria de estudiantes chinas de español durante la lectura de Mario Bellatin? ¿Por qué no? Es probable, pienso incluso, que Hu Jintao esté ocupando la misma habitación que la Revolución destino a Jean-Paul Sartre durante su segunda visita a Cuba en 1960, y en la que según lo relatado por él, cabría entero su departamento de París.

  1. No cambiar nunca el formato. Las fotos siempre serán cuadradas.
  2. Tratar de tirarse al suelo para aprovechar el piso.
  3. Crear las figuras a partir de la distorsión.



La historia que nos contó el peluquero de los sabios del minarete continúa de la siguiente manera. Temerosos de recibir una letal descarga eléctrica o de ser atacados por los ejemplares de muñecos hallados en el malecón, el grupo de estudiosos se dio por vencido. Sólo dos de ellos, los más interesados en el fenómeno y los más temerarios, se aventuraron a explorar justo donde las autoridades y los locales les habían advertido que no exploraran. El peluquero de los sabios del minarete les había dicho que existía una bodega donde la Revolución había confinado a los muñecos que ellos buscaban. Se les solía relacionar con la época de excesos, consumo y decadencia previo a la Revolución y por eso se les confinó a dicho lugar. Aquélla de la que habló el peluquero de los sabios del minarete era una bodega de paredes de cristal. Los dos estudiosos dieron con ella al final de mucho indagar entre otros estudiosos y sabios locales. En dicha bodega se exhibían los muñecos mejor conservados. Uno a uno, para sorpresa de los estudiosos, pasaban por una banda transportadora que recorría toda la bodega de cristal. Quizá aquella banda fuera un mecanismo antiguo de ensamblado que había quedado activo con los años. Varios muñecos del malecón descritos en El libro Uruguayo de los muertos eran confinados y desechados al olvido fuera de esa bodega de cristal cuando alguno de éstos llegaba al fin de dicha banda transportadora, generando un tiradero de antigüedades y deshechos de partes eléctricas y mecánicas en las inmediaciones que algunos coleccionistas, sin embargo, todavía frecuentaban. Cuando los estudiosos activaban alguno de estos extraños muñecos de la banda transportadora, quedaban en evidencia las funciones para las que estaban programados. La mayoría pasarían satisfactoriamente la prueba de Turing destinada a los autómatas. Algunos de ellos eran, de hecho, capaces de elaborar algoritmos de una complejidad asombrosa. La mayoría de estos muñecos, no obstante, habían sido programados simplemente para hablar. Cuando el mecanismo interno era puesto en marcha, por lo tanto, era muy complicado apagarlos. Quizá por eso mismo, a uno de los estudiosos mexicanos le llamó la atención un modelo que poseía todas las cualidades de los muñecos, excepto una: la del habla. Su misterioso creador, quizá un científico ruso –nunca lo supieron–, había olvidado incluir las tarjetas de audio durante el ensamblaje. Los estudiosos supieron enseguida que se hallaban frente a un hallazgo inusitado. Era aquélla una muñeca en forma de matrioshka, de allí la suposición de que su creador fuera ruso. A falta de la tarjeta de sonido y audio, la matrioshka emitía de su interior una serie de cartulinas impresas en código binario para hacerse entender, igual que ciertas computadoras antiguas. Los estudiosos comenzaron a llamarle a partir de entonces la muñeca silente. Y pronto se dieron cuenta de que no era sólo uno el muñeco funcional pero trunco. Sino que había sido un lote entero, de al menos otros doce muñecos, el que compartía las mismas características de fábrica. Fue tal la impresión de los estudiosos, que tiempo más tarde llegaron a creer que estos muñecos los perseguían, amenazantes, y que jamás podrían desprenderse de ellos. Una pesadilla. Eso fue, al menos, lo que nos contó el peluquero de los sabios del minarete.

  1. Fotografiar la mayor cantidad de vitrinas y maquetas posible.
  2. Los contenidos –si no poseen esa línea de flotación que suele producirse cuando el fotógrafo se tira al suelo— deben estar saturados de objetos. Esta cámara entristece si no hay nada vivo o luminoso que captar.  
  1. La media distancia puede o no funcionar. Hay que colocarse en un punto menos que la media distancia y después recurrir a las distancias extremas, tanto para adelante como para atrás.
  2. No importa nunca el ASA del rollo. Tampoco la calidad, fecha de caducidad o estado de las películas.



Escribe Jean-Paul Sartre en Huracán de azúcar que durante su segundo viaje a La Habana, en 1960, fue curado de su retinosis pigmentaria. La metáfora se la apropió Sartre de un funcionario cubano, según relata Antonio José Ponte en La fiesta vigilada. La pérdida de la vista lateral o retinosis pigmentaria, para Sartre tanto como para aquél funcionario cubano igual de obsesionado con los problemas oftalmológicos, como para el mulato de la cola de pan con perro que evitó que yo conociera el secreto bellatiniano, consiste en retener una imagen feliz de la Cuba prerrevolucionaria. Lo único que Jean-Paul Sartre padecía en realidad era estrabismo. Y después de ese viaje murió ciego. ¿Habrá visto brillar la luz cegadora de uno de los muñecos del malecón?

  1. Se deberá llevar siempre consigo una bolsa negra para manipular los rollos.
  2. Buscar la foto dentro de la cámara. Si es posible, se recomienda caminar llevando la cámara delante de los ojos.



La semana pasada, mientras preparaba este texto y las fotos que lo acompañan, recibí una llamada. Una operadora me preguntó si aceptaba una llamada de Cuba por cobrar. Creyendo que se trataría de alguna invitación para participar en una nueva Semana de Autor en La Habana, lo dudé un segundo, pero al fin acepté. Cuando finalmente pareció que alguien se ponía al habla pregunté quién era. Sólo obtuve silencio. Un silencio prolongado del otro lado de la línea que duró más o menos tres minutos. Y aún así no me atrevía a colgar. Entonces recordé la historia de los peligros de los muñecos del malecón descritos en El libro uruguayo de los muertos, pero, sobre todo, la historia de la muñeca silente. Colgué, horrorizado, y enseguida fui a la computadora para dejarle un mensaje en Facebook a Mario Bellatin que decía lo siguiente: “Tenías razón, Mario”. Dicho mensaje aún puede consultarse en su estatus.

  1. Repito. No tomar ninguna foto neutra o anecdótica.