27.3.13




: sergio pitol traductor








Este 18 de marzo el escritor mexicano Sergio Pitol cumplió ocho décadas de vida. Es casi imposible escindir la obra de Sergio Pitol de su labor como traductor. Cada traducción suya es la resulta del diálogo, del reconocimiento y apropiaciones mutuas con respecto al otro. La casi cuarentena de libros que Pitol ha traducido, pertenece a autores que tuvieron la buena fortuna de encontrarlo a él para que les diera a préstamo su voz. Ése fue el caso del polaco Witold Gombrowicz, admirado por Pitol especialmente en su período argentino, el Gombrowicz de los diarios y las últimas novelas. Corría 1965. Pitol llevaba dos años viviendo en Varsovia y varios más sobreviviendo en Europa gracias a su oficio como traductor, cuando recibió una carta procedente del sur de Francia. La firmaba un tal Witold Gombrowicz. En la creencia de que se trataba de una broma, Pitol se la mostró a algunos amigos polacos que se quedaron estupefactos. Era, en efecto, una misiva de Gombrowicz. Dirigida a un joven escritor mexicano residente en Varsovia. En ella, el polaco le contaba que había leído su traducción al español de Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrzejewski, y que le había causado tan buena impresión que le preguntaba si le gustaría traducir su Diario argentino. Y así fue. Tiempo más tarde aparecería en Buenos Aires bajo el sello de Editorial Sudamericana. Gombrowicz resultó ser para Pitol lo mismo que ese ciego del cuento de Raymond Carver, Catedral: un mediador que a cuatro manos demoliera primero una catedral entera para transportarla y reconstruirla luego en otra topografía distinta, con diligencia y con cariño, piedra por piedra, hasta lograr erguirla de nuevo.

Hay, por fuerza, en todo ejercicio de traducción, un acto de creación. Traducir es, necesariamente, deconstruir, analogar, reinventar, volver a efectuar un acto de creación. Octavio Paz dice que la traducción literal no es una traducción. Que siempre, en prosa o en verso, la traducción implica una transformación del original y que esa transformación no es y no puede ser sino literaria porque utiliza los dos modos de expresión a que se reducen todos los procedimientos literarios: la metonimia y la metáfora. Paz hace notar que el poeta, cuando escribe, no sabe cómo será su poema; el traductor, cuando traduce, sabe que su poema deberá reproducir el poema que tiene bajo los ojos. “Es una operación paralela, aunque en sentido inverso a la creación poética. Su resultado es una reproducción original en otro poema que no es tanto su copia como su transmutación. El ideal de la traducción poética, según alguna vez la definió Valéry de manera insuperable, consiste en reproducir con medios diferentes efectos análogos”.

Borges llega a declarar que la traducción le parece una operación del espíritu más interesante que la escritura inmediata, porque el traductor sigue un modelo visible y “no un laberinto inapreciable de proyectos difuntos o la acatada tentación momentánea de una facilidad”. Se burla de la creencia normal de la inferioridad de las traducciones. Él mismo parece haber llevado esa burla a la práctica en su grado máximo con su Piérre Menard. Siguiendo esta lógica, podríamos aventurarnos a decir, incluso, que si la ópera prima de Piérre Menard fue El Quijote, entonces la primera novela de Sergio Pitol no fue El tañido de una flauta, sino El buen soldado.




Asegura Tinianov que, cuando una generación carece de padres, invariablemente debe dialogar con los tíos, con los abuelos o con parientes más lejanos. En este sentido --y aquí creo hablar por buena parte de mi generación--, Sergio Pitol y sus colegas y contemporáneos han significado bastiones invaluables para las nuevas comunidades lectoras, faros que han echado luz sobre territorios ricos y caudaloso pero hasta antes de ellos inexplorados. A la influencia y a la generosidad de la generación de La Casa del Lago, y en especial a Pitol o García Ponce, por ejemplo, les estamos en deuda infinita por su vocación traductora. No sólo modificaron con su obra, con su ideario y sus acciones, el panorama de la literatura nacional para siempre; sino que, además, trajeron a nuestro continente, como pocas otras generaciones han hecho, una pléyade de autores hasta entonces inusitados o inconseguibles en nuestra lengua. La forma en que los más jóvenes leemos, las referencias de las que hemos echado mano para conformar bien que mal nuestras bibliotecas, han estado guiadas por los puentes que ellos nos tendieron. Si el valor de un autor con respecto a su tradición ha de tasarse no únicamente por el valor intrínseco de su obra, sino por la suma de todos los mecanismos que aporta para enriquecerla, entonces el valor de Sergio Pitol en el ámbito literario actual es altísimo. Yo mismo, mi generación, y centenas de futuros lectores y escritores que aprenderán y se formarán con sus traducciones, le estaremos siempre en deuda.

Borges estaba convencido de que, a diferencia de los naturales, cada uno es libre de elegir a sus padres literarios. Es decir: cada escritor es libre de construir su propia tradición. Si esto es verdad, entonces lo que Sergio Pitol ha forjado en su carrera como traductor, es ya un continente completo. Una fascinante porción de tierra antes incógnita que gracias a él, a su minucia, a su pasión y a su infatigable espíritu de explorador, se ha anexado a nuestras bibliotecas. Nabokov, Lowry, Graves, Conrad, Henry James, Ford Madox Ford, Jane Austen, Bassani, Gombrowicz… Praga, Viena, Roma, Georgia, Pekín… Son sólo una parte de los archipiélagos en los que Pitol ha puesto su bandera para conformar un territorio propio y claramente demarcado por sus pasiones, apetencias e inquietudes intelectuales tanto como por las vitales.

Tal como el narrador del cuento Catedral de Raymond Carver, que sostenía la mano al ciego sobre un papel para traducirle las imágenes portentosas, el galimatías estremecedor de la belleza arcana de las catedrales europeas, de esa misma forma centenas de lectores de habla hispana pertenecientes a varias generaciones --antes ciegos y tanteando apenas entre las tinieblas--, hemos cruzado de la mano de Sergio Pitol el portal antes intransitable de formidables catedrales exhumadas por él para nuestra maravilla y contemplación. Ha sido nuestro Virgilio en muchas ocasiones; hemos caminado con él, y ha tenido la generosidad de abrirnos los ojos ante territorios y panoramas deslumbrantes. Por eso es que hoy lo celebramos y le manifestamos nuestra profunda gratitud.



 *Texto tomado de mi columna Metales Pesados en la revista Emeequis.