30.7.13








: tres versiones de fitzgerald










1
Leonardo di Caprio. Ese señor que ha echado a perder dos de mis novelas favoritas. No falta la ocasión en que alguien me pregunta si estoy leyendo la novela del Titanic cuando cargo la edición de bolsillo de Revolutionary Road de Richard Yates con Di Caprio y Kate Winslet en la portada (cartel de la película de Sam Mendes). Y sospecho que, a raíz de la nueva versión en cine de El gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald con Di Caprio como Gatsby, comenzarán a preguntarme lo mismo de esta otra. Y es que hay que decirlo: al director Baz Luhrmann puede acusársele ya de haber convertido en chick-flick una de las novelas más enigmáticas y emblemáticas de la Generación Perdida. La voluntad de Baz Luhrmann por poner en pantalla de forma tan explícita todo el derroche, el colorido, la decadencia y el fausto de la llamada era del jazz, termina siendo (gracias al dispendio maximalista de recursos y la estética de cabaret estilo Moulin Rouge) algo así como el comercial más caro y más largo de ropa, perfumes y joyas de la historia. Sin embargo, a pesar de caer de bruces en un realismo histérico (cuando la novela es un ejemplo magnífico de lo opuesto por su estilo elíptico y su contención), es evidente el respeto que Luhrmann profesa por este tótem de la cultura estadounidense en que se ha convertido El gran Gatbsy: muchos de los diálogos, las descripciones y las escenas del libro son trasladados a escena de manera casi literal; como el capítulo de la confrontación final entre Tom y Gatsby que, mucho más austera y sugerente que el resto de la película, es de lejos lo mejor de toda una cinta que por momentos ocasiona vértigo por su velocidad y su parafernalia.






2
Budd Schulberg (1914-2009) fue un escritor, guionista, productor y promotor boxístico que se crió entre la élite de la industria cinematográfica de Hollywood (hijo del presidente de la Paramount Pictures) y que, por ello, tuvo oportunidad de tratar a Francis Scott Fitzgerald durante la época en que éste --desesperado, hundido por el acohol y sin dinero--, trataba de forjarse una carrera como guionista. De hecho, Schulberg y Fitzgerald trabajaron juntos en la escritura del guión de Winter Carnival, una comedia romántica de 1939, cuando Fitzgerald había entrado en su fase de decadencia y estaba a un año de morir por las facturas que la era del jazz le había cobrado, a los 44 años de edad. Esta experiencia parece haber marcado a Schulberg (tanto para bien como para mal, pues se deduce que fue insufrible trabajar con un monstruo como Fitzgerald) y dio pie para su posterior obra maestra: El desencantado (1950). El desencantado narra la compleja relación profesional y personal entre un escritor de una generación criada durante la crisis económica de EEUU posterior al martes negro de 1929 y sucesora inmediata de la Generación Perdida (un trasunto del propio Schulberg) y un novelista consagrado pero en franca decadencia (un trasunto de Fitzgerald) que ya es incapaz de escribir una sola página decente y de pasar más de una hora al día sin sufrir los estragos de los achaques y sin beberse varias botellas de alcohol. Si la versión de Fitzgerald despojada de conmiseración que hizo su amigo Hemingway en Las nieves del Kilimanjaro y en París era una fiesta resulta injusta e incluso ofensiva por el veneno que derrama un acomplejado Hemingway (así como la realizada por su otro amigo John Dos Passos en Años inolvidables, donde Fitzgerald es un rockstar berrinchudo y autodestructivo capaz de patearle el cajón de cigarros a una anciana en un bar de París por pura diversión), en cambio, la versión ficcionalizada de Budd Schulberg sobre su maestro Fitzgerald adquiere dimensiones humanas mucho más complejas y libres de prejuicios: de lo detestable y grotesco a lo genial y entrañable.


Francis Scott Fitzgerald vestido de mujer.


3
“La noche del hundimiento de la Bolsa estábamos en el Beau Rivage de St. Raphaël, en la habitación que Ring Lardner había ocupado otro año. Manteníamos tan poca relación con el mundo que nos daba la impresión de estar en una estación de metro abarrotada. Por error bañamos a nuestra hija [de 3 años] en el bidet y ésta bebió del gin fizz creyendo que era limonada y nos estropeó la cena del día siguiente”.
Lo anterior es un fragmento de las entradas escritas a cuatro manos entre Zelda y Francis Scott Fitzgerald en una de las crónicas reunidas en forma de libro bajo el nombre de El Crack-Up. El Crack-Up es una compilación autobiográfica de Fitzgerald sobre la era del jazz, reunida de manera póstuma por tenacidad del crítico Edmund Wilson (amigo de Fitzgerald desde Princeton), y muchas de ellas rechazadas en su tiempo por el propio editor de Fitzgerald y por cantidad de publicaciones conservadoras como The New Yorker tras hallarlas humillantes y ofensivas. Y, en efecto, El Crack-Up conforma el relato más sincero, desesperado y desgarrador de Fitzgerald sobre sí mismo y sobre su época. Una visión vertiginosa y desoladora, a años luz de distancia de la versión colorida, frívola y comercial que Bazz Luhrmann retrata en su Gatsby. La sucesión de hoteles de lujo, coches deportivos del año, celebridades, litros de champaña y la violencia autodestructiva que desfilan por sus páginas, hacen pensar más en la vida de Pete Doherty y Kate Moss que un escritor de novelas y su pareja; pero la caída sin freno desde esas alturas es la joya que consigue sacar Fitzgerald de entre la piara al final de la fiesta: no fue sino hasta ese momento de auténtica decadencia que Fitzgerald, ya sin dinero, con un pie en la tumba, a sus 44 años de edad, y desprendido del personaje de enfant terrible que se había fincado, finalmente alcanzó una literatura libre de pretensiones, una literatura que no estaba destinada a cobrar aquellos cheques gordos que le servían para rentar una suite del Plaza y un Rolls Royce durante meses por la entrega de un cuento corto; y quizá sea este periodo de escritura sin esperanzas el más potente de toda su obra. Un despertar de la gran orgía que fue la era de prosperidad de los años veinte para los Estados Unidos, un amanecer con una resaca espantosa para la generación de entre guerras que transitó en caída libre hacia la Gran Depresión. 
Puede que como novela El gran Gatsby (1925) no cumpla hoy las altas expectativas del mito y el misterio que lo rodean (mito a su vez encerrado por otro mito más grande, el de su autor); pero la fascinación y los subproductos artísticos y culturales que ha generado desde hace casi noventa años (como esta nueva versión de Luhrmann para cine), la han mantenido siempre fresca y la han transformado, como dice Vargas-Llosa en su prólogo de la edición española de RBA, en “un símbolo de lo que fue la irregularidad e impremeditación de la vida en una época de alegre irresponsabilidad y decadente encanto”.








*Texto tomado de mi columna Metales Pesados en la revista Emeequis.