12.8.13





: ernest hemingway, 
es el estilo, idiota









En cierta ocasión, durante un congreso de autores latinoamericanos en Madrid, me hicieron en público la siguiente pregunta: “¿Qué novela de la literatura universal te hubiera gustado escribir?” Casi inmediatamente dije The sun also rises, conocida fuera de EEUU como Fiesta. Era la época en que comencé a trabajar en mi libro Teoría de las catástrofes y tenía muy presente el modelo de aquella novela que Hemingway escribió a los 26 años de edad. El moderador del congreso, entonces, me miró y meneó la cabeza de forma condescendiente; repitió la pregunta a otro más de los autores reunidos quizá con la esperanza de recibir una respuesta más “modernita” que la mía.
Hemingway no está de moda. Sus lectores –como yo en aquel congreso– somos vistos con cierto recelo. Leer a Hemingway hoy en día –y agotada en español su influencia por el boom latinoamericano–, es para muchos autores y lectores un síntoma de mal gusto. Aunque lo irónico del caso sea que varios de sus detractores ni siquiera se han tomado la molestia de leer a fondo su obra y se conforman con denostar la superficie, denostar el mito. Conscientes o no de ello, es seguro que varios de nuestro autores contemporáneos de cabecera no hubieran existido tal como los conocemos sin la obra de Ernest Hemingway.
Hemingway no está de moda. Y me alegro mucho. Este 21 de julio se cumplieron 114 años del nacimiento de Ernest Miller Hemingway. Una oportunidad magnífica para detenernos a hablar ya no del mito desgastado del hombre de acción, del macho jactancioso, cazador, boxeador, mujeriego y mitómano que decía haber tenido una aventura con Mata-Hari, el alcohólico pendenciero. Intentemos por una vez despojarnos de esos prejuicios con los que se le ha retratado hasta el cansancio y hablemos de lo importante, de lo que se habla con bastante menos frecuencia: del escritor disciplinado, del hombre hecho a sí mismo que forjó un estilo que sigue manteniéndose vigente hasta nuestros días.




En literatura no hay temas nuevos. Hemingway no cuenta sino lo mismo que ya han contado Homero, Stendahl o Tolstoi. Sus novelas más logradas –igual que las de aquéllos– tratan de temas bélicos y de los conflictos humanos desatados durante esos períodos. Sin embargo, Hemingway consigue lo mismo que sus predecesores: crear eso que antes se conocía como un “estilo”. Hemingway fue capaz de crear un universo único –tan único que terminó por engullirlo a él mismo como héroe de sus aventuras personales fuera de los libros– porque su estilo era potentísimo. No hay que fascinarse ni dejarse repeler por los secretos detrás del mito de Hemingway: el misterio de todo escritor inicia y acaba en su estilo. Ernest Hemingway es su estilo.
El primer vestigio de la voluntad estilística de Hemingway lo constata Anthony Burguess en su biografía: “Su modelo era Ring Lardner, que producía una columna popular para el Chicago Tribune y que había desarrollado un estilo supuestamente analfabeto que Ernest intentó imitar”. Aunque el estilo elíptico y conciso de Hemingway podría rastrearse en la austeridad puritana del sermón protestante que predomina en mucha de la tradición norteamericana (y, en efecto, en casos de autores muy concretos que él admiró, como Sherwood Anderson o el propio Ring Lardner, escritor determinante tanto para él como para Fitzgerald y Dos Passos), hay que tomar en cuenta que, al contrario de la figura anti-intelectual que pretendió granjearse, Hemingway fue de hecho un lector muy acucioso. Lo que Flaubert llamaba le mot juste, o la palabra justa, en Hemingway se cumple a cabalidad. La palabra justa. ¿Qué tipo de palabra justa define el estilo contundente de Hemingway? Sustantivo + Verbo + Complemento. De Ezra Pound –de quien Hemingway recibía asesoría a cambio de lecciones de box– adquirió en sus años en París la disciplina y la buena costumbre ahorrarse los adjetivos. En prosa, un adjetivo resta velocidad. Los verbos, en cambio, otorgan velocidad. Acción. Y, en el caso de Hemingway, es ésa la palabra justa de la que hablaba Flaubert: el verbo / la acción. Qué elemento gramatical más exacto para describir no sólo una voz literaria limpia y afilada que se caracteriza por sus acciones y no por su retórica fatua, sino que además sirve para describir al propio hombre de acción que pretendió ser Hemingway.




Suele desdeñarse la obra de Hemingway por aparentemente “carecer de ideas”. Parte del método tácito en la obra de Hemingway consiste en erradicar los vestigios del pensamiento y propiciar, en cambio, la puesta en escena, la acción, el diálogo, la efectividad de la elipsis y el silencio como herramientas discursivas más valiosas que sus opuestos retóricos para apelar a la inteligencia imaginativa del lector. (La excepción más evidente del único caso opuesto son los torrentes de pensamiento interno por influencia de su amigo James Joyce en Por quien doblan las campanas, que también marcarían la obra de Malcom Lowry). Sin embargo, según han dado cuenta sus biógrafos –como Anthony Burguess, A. E. Hotchner y Carlos Baker–, Hemingway era un lector muy agudo, sensible y receptivo, capaz de analizar y asimilar con gran facilidad los sistemas de otros autores. Aunque no recibió educación universitaria (hecho del que se alimentó el profundo complejo hacia su amigo Francis Scott Fitzgerald, graduado en Princeton), Hemingway se formó a sí mismo base de grandes dosis de disciplina y de trabajo duro durante rachas de pobreza y carencias (disciplina que hace constar en la famosa entrevista al Paris Review).
Lograr el estilo de Hemingway nos parece fácil ahora porque él –y cientos de emuladores– nos ha enseñado cómo hacerlo. Sin embargo, no hay que perder de vista que el objetivo artístico de Hemingway era en su época –como lo relata Anthony Burguess– “tan original como el de cualquiera de los literatos de vanguardia” que se reunían en los cafés de París durante los años veinte. “No era fácil en un tiempo en que la literatura aún significaba una manera bella de escribir, en el sentido victoriano, con adornos neogóticos, alusiones librescas, una intrincada estructura de oraciones subordinadas y la personalidad del escritor interfiriéndose, a escondidas o brutalmente, entre el lector y lo que estaba leyendo”. O, tal como le recomendó Gertrude Stein el día que leyó su primer manuscrito: “Comprime, concentra” (aunque más tarde, la misma Gertrude Stein lo acusa en sus memorias –Autobiografía de Alice B. Toklas– de haberse robado el estilo de ella y el de Sherwood Anderson). Mientras que William Faulkner lo describió así: “Hemingway aprendió por sí solo un modelo, un método que podía usar, y que se atuvo a él, sin andar por ahí intentando experimentar”.
Aunque quizá sea el testimonio de su amigo James Joyce –uno de los escasos escritores por los que Hemingway tuvo genuina estima–, quien mejor describa al hombre y al estilo en un solo párrafo:
“Es un buen escritor, Hemingway. Escribe tal como es. Nos gusta. Es un campesino grande y poderoso, tan fuerte como un búfalo. Un deportista. Y listo para vivir la vida sobre la que escribe. Nunca la hubiera escrito si su cuerpo no le hubiera permitido vivirla. Pero los gigantes de esta clase son verdaderamente modestos: hay mucho más detrás de la forma de Hemingway de lo que la gente cree.”



*Texto tomado de mi columna Metales Pesados en Emeequis.