21.9.13





: a favor de los profesores, 
a favor de la desobediencia civil







En los últimos días se ha desatado una enconada campaña mediática que pretende diseminar falacias y prejuicios reduccionistas contra el magisterio sindicalizado entre la opinión pública. El más promovido de estos mitos asegura que los profesores se oponen a la iniciativa de reforma educativa de Peña Nieto porque “no quieren evaluarse” (en concreto a la Ley General de Servicio Profesional Docente pendiente de ser aprobada al momento que escribo esto).

Para dar sólo un ejemplo, aquí una broma de mal gusto de esta estrategia contra movimiento magisterial: la fundación Mexicanos Primero presidida por Claudio X. González –por medio de la cuenta de Twitter de un conductor de Foro TV-- emprendió una convocatoria para regalar ¡100 boletos de avión y gastos pagados! a voluntarios entre los twitteros que quisieran venir a pasar unos días en Oaxaca y dar clases y reventar la huelga de profesores. Todo esto sin ser evaluados por institución alguna.

Esta estrategia es un ejemplo de los que acompañan de la mano a la campaña de desinformación y desprestigio mediático contra la CNTE realizada por Televisa. Una ironía y una burla. Un profesor zapoteco del CNTE, como uno de mis mejores amigos de la Sierra Sur, muy difícilmente podría pagarse un vuelo de esos 100 con su salario. Los que pretende traernos Televisa no son otra cosa que esquiroles de lujo.




Desde que tengo memoria, he visto a mi madre sacarle horas extra por las noches y madrugadas a su doble jornada laboral (ama de casa y profesora) para estudiar antes de los exámenes de la llamada Carrera Magisterial. La Carrera Magisterial es un programa permanente de evaluación y promoción horizontal para “incentivar y actualizar a los profesores de educación básica”. Y lo tengo muy presente porque esos días eran especialmente tensos en mi casa. Había, entre mis hermanos y yo, un silencio absoluto para que nuestra madre pudiera concentrarse en sus estudios: del resultado de sus exámenes dependería directamente el nivel de su salario. Y hablar de eso en México es hablar de uno de los 10 peores salarios.

Mi madre es profesora sindicalizada. Varios de mis tíos paternos y maternos también. Fue una de mis tías quien, de hecho, me enseñó a leer y a escribir años antes de que entrara en la primaria. Los pocos libros a los que tuve acceso en mi infancia eran además los que ella mandaba a pedir por correo a un club de lectura del DF y que ni por asomo se conseguían en la única biblioteca de mi pueblo de 120 mil habitantes. En su casa conocí el Tesoro de la Juventud con clásicos abreviados, la legendaria serie El Volador de Joaquín Mortiz o la colección de los Premios Nobel de Aguilar, por ejemplo. Los maestros en México, contrario a lo que dice la campaña de desprestigio de los medios en su contra, no son unos ignorantes ni unos bárbaros.

En más de un sentido, soy producto de la educación pública de este país. Para bien y para mal. Sin los profesores sindicalizados de mi familia y todos y todas de aquellos quienes recibí clases en cada escuela pública que pisé, sencillamente yo no hubiera podido escribir un solo de mis libros. Los maestros sindicalizados de México, como también me consta, no son unos holgazanes.

Uno de mis mejores amigos en Oaxaca es profesor del CNTE en la sierra zapoteca de Loxicha donde nació el EPR. Loxicha es uno de los lugares más marginados y pobres del país, además de haber sido castigado severamente por el Ejército en los años noventa por ser cuna de la guerrilla. He acompañado a mi amigo durante las extenuantes caminatas entre veredas lodosas en medio del boscaje del corazón de la sierra, a lo largo de horas, sólo para llegar de su casa a su escuela: un cubo endeble de láminas de aluminio de escasos metros cuadrados apostado en un barranco donde imparte clases a unos cincuenta niños zapotecos de las rancherías cercanas. Sus alumnos van desde el preescolar hasta el sexto grado de primaria. Todos en el mismo salón. Muchos de ellos llegan caminando descalzos y sin hablar español. Por sus méritos académicos, mi amigo recibió hace poco la prestigiosa beca Ford para cursar una maestría en cualquier universidad del mundo de su elección. Los maestros en México no son unos vándalos.




Los profesores no tienen miedo de evaluarse. De hecho, los profesores hace mucho que se evalúan en este país. El partido hegemónico en el poder durante décadas acondicionó y utilizó al corporativismo sindical de profesores como músculo político, pero jamás se preocupó por prepararlos tan bien para sus labores. Es el mismo PRI que creó a los corporativos sindicales como capital político el que hoy les exige lo que jamás les procuró. Sonará a lugar común, pero es una verdad dura como el basalto: cada profesor en este inmenso país --como mi madre en un municipio de Zacatecas o mi amigo en la sierra de Oaxaca--, hacen verdaderos milagros para ir al día con los precarios recursos y herramientas que les fueron dados. No es extraño, por tanto, que decidan irse a huelga. Lo extraño es que aún no haya estallado una revolución.

Al contrario de la manera en que las han querido presentar los medios informativos cercanos al poder, las acciones de desobediencia civil llevadas a efecto por los profesores de la CNTE en últimos días en la capital, no son actos vandálicos sin sentido. Las acciones de desobediencia civil no son actos de forajidos que rechazan y niegan pertenecer al Estado. Al contrario. Son actos de ciudadanos que se afirman como tal y se manifiestan como parte de ese mismo Estado para aspirar a mejorarlo en beneficio de un amplio sector de la sociedad, y no sólo en beneficio de una cúpula de poderosos como pretenden las recientes iniciativas de reformas neoliberales.

La población del DF debería abrir los ojos y entender que los problemas de tráfico ocasionados por las manifestaciones del CNTE son, sinceramente, el menor de los problemas e injusticias de este país. La gran lección que nos están dejando los profesores fuera de las aulas es ésta: no acostumbrarnos a la obediencia irreflexiva hacia las instituciones y a las leyes cuando se proponen reformas que atentan contra los intereses del resto de los ciudadanos. Al obedecer a las instituciones como ciudadanos pasivos y sin un ejercicio crítico, estamos en peligro de que –según Sebastián Pilovsky en su prólogo a Desobediencia civil-- incluso el hombre o mujer más justos corran el riesgo de convertirse en agentes de la injusticia.



Por la inestabilidad del tejido social y el contexto polarizado del país, se hablaba de que Oaxaca 2006 --el plantón de la CNTE y el posterior surgimiento de la APPO-- era el laboratorio de algo que estaba por ocurrir a nivel nacional. Y tal como le sucedió al todavía impune Ulises Ruiz en Oaxaca durante ese año, las manifestaciones y acciones de desobediencia civil llevados a cabo por los profesores de la CNTE se están volviendo el examen más arduo para Peña Nieto en su primer año: el examen del grado de democratización de su gobierno y sus instituciones; no sólo por la opción al uso de la fuerza pública, sino por su capacidad y disposición al diálogo y a la negociación, pues es sabido que las acciones de desobediencia civil no geminan en contextos de gobiernos despóticos; son acalladas antes de que tengan un eco efectivo en la población, tal como han pretendido varios de los grandes medios informativos cercanos al poder.

El 2006 demostró a los oaxaqueños y al país entero que aquel gobierno del PRI de turno no era precisamente de vocación democrática al emplear la fuerza indiscriminada y la guerra sucia para sofocar el plantón de la CNTE de aquel año. Es la misma Sección 22 de la CNTE la que pone hoy a prueba a Peña Nieto. Esperemos que esta vez no termine en un baño de sangre como aquel.


*Texto tomando de mi columna Metales Pesados en la revista Emeequis.