10.2.14





: el suicidio de la izquierda





La izquierda institucional –o partidista– en México se ha suicidado. Su muerte ocurrió durante el 2013.

Me siento cada vez más identificado con el pensamiento anarquista; pero, en esencia, me gusta considerarme de izquierda. Sin embargo, como muchas y muchos otros mexicanos de mi generación –que, a diferencia de la de nuestros padres no tuvimos un 68 ni un Yo Soy 132 como nuestros hermanos menores–, jamás me he sentido incluido en las plataformas políticas de la vieja izquierda cuya lucha de años contra la imposición de un abusivo modelo neoliberal fue enterrada hace unas semanas al firmar el Pacto por México con sus aliados del PRI y el PAN.

Hallo al menos cuatro momentos clave en los que esta vieja izquierda propició su propia aniquilación en la construcción de un país justo y democrático luego de años de luchas populares, movilizaciones sindicales, obreras, campesinas y estudiantiles.

1. Aparente “universalización” del neoliberalismo
Vivimos una época en que se ha impuesto el modelo neoliberal como modelo hegemónico y, para muchos, el único posible. La cultural de consumo y el éxito alrededor del capital se hacen pasar como “universales”, el único modo de vida. Lo que queda fuera de la lógica y la cultura del consumo suele ser visto, por lo tanto, como algo no valioso, marginal, inútil.

En política sucede un tanto lo mismo: suele llamársele “izquierda moderna” a las izquierdas que no hacen más que asumir la lógica del capital. Los gobiernos, sean de izquierda o de derecha, se han convertido poco a poco en dependencias al servicio de las empresas transnacionales que promueven reformas a modo para que éstas se instalen en sus países. Lo acabamos de ver con las reformas promulgadas por Peña Nieto.

Lo único que verdaderamente se ha globalizado con estas concesiones de nuestros gobiernos es la explotación de los seres humanos. El marxismo había tomado como sujetos de estudio las formas de explotación de los obreros de la revolución industrial, pero la izquierda actual en Latinoamérica y los partidos de izquierda se han quedado cortos para desarrollar teorías y políticas que expliquen y contrarresten la explotación en la época de la información, del flujo masivo e instantáneo del capital, hoy que los procesos de producción están también dispersos y globalizados.

El modelo neoliberal no requiere forzosamente de una dictadura para ser implantado. Como en México. Puede introducirse disfrazado por una democracia restringida o autoritaria que pontifica que traerá la “modernización” y el “progreso” (aunque nunca mencionen la miseria humana y la mezquindad ética y espiritual que éstos conllevan).

Esta misma propaganda y universalización del modelo neoliberal hegemónico han creado democracias desmovilizadoras, democracias limitadas donde los ciudadanos se contentan con ir a emitir un voto mansamente cada cierto tiempo; y ha hecho creer a mucha gente que las ideologías, la acción política, el compromiso, la disensión y la protesta son algo de marginales, de rijosos, de holgazanes. La indiferencia de la gente es el activo más valioso de los gobiernos neoliberales. Los discursos posmodernos que acompañan al modelo neoliberal han decretado el fin de las utopías, del anhelo por imaginar que es posible construir un país distinto y mejor, solidario y justo para todos y todas.

Y no sólo eso: la derecha ha sido lo bastante hábil como para apropiarse del lenguaje tradicionalmente de izquierda. “Reformas”, “cambios estructurales”, “transición”, “combate contra la pobreza”, “grupos vulnerables”, “ayuda a adultos mayores”, “seguro popular de salud”, “violencia contra las mujeres”, etcétera. Mucho del lenguaje y de las causas de la izquierda han sido enarbolados recientemente en los discursos de derecha y del centro ante el anquilosamiento de la izquierda mexicana.

2. El infarto de AMLO y la ausencia de líderes
Las características del funcionamiento del aparato del Estado actual, por tanto, limitan demasiado a las izquierdas el espacio para maniobrar. Cuando López Obrador dice que las instituciones deberían irse al diablo no está haciendo más que lo que uno esperaría de alguien que representa una izquierda revolucionaria: cambiar las reglas del juego para mejorar las condiciones de justicia e igualdad. Modificar las instituciones que sólo sirven para mantener los privilegios de las élites.

Sin embargo, un discurso desde una izquierda auténticamente revolucionaria será siempre satanizado por la derecha y el centro, que no tienen más propósitos que mantener las instituciones y las cosas como están: corruptas, aptas para el beneficio y el enriquecimiento de las cúpulas.

No obstante, la izquierda institucional mexicana no logró ver a tiempo que las estructuras de partido bolchevique traídas del extranjero para ser implantadas genéricamente a los países del tercer mundo no se adaptan ya a la realidad ni a la compleja diversidad de este país.

A decir de la politóloga y socióloga chilena Marta Harnecker, el sectarismo de las izquierdas institucionales y sus constates peleas y divisiones internas (a diferencia del PAN y del PRI bien disciplinados y obedientes pero acríticos en su vida interna) obedecen a esa tradición de las izquierdas latinoamericanas marxistas de autoproclamarse como “vanguardias”: la vanguardia de la clase obrera que ninguna clase obrera ha nombrado como tal. Muchos de ellos y ellas provienen de un modelo de estructura de conducción vertical que recibía órdenes desde arriba como correa conductora. Y existe una tendencia a que, en ocasiones, esas órdenes verticales en el modelo patriarcal y androcéntrico de esa vieja izquierda sirvan para elaborar mecanismos que perpetúan el control del mando. No es de extrañarse, por tanto, que el PRD haya eternizado a sus dos únicos líderes morales y candidatos a la presidencia de la República a lo largo de los últimos veinticinco años.

El lamentable infarto que sufrió López Obrador justo antes de la movilización contra la reforma energética de Peña Nieto, es muy elocuente no sólo en cuanto al desgaste físico de esta izquierda.

3. La firma del PRD del Pacto por México y la promulgación de las reformas estructurales
Los defensores de la real politik (un eufemismo para llamarle al arte de mantener el status quo de la política institucional) argumentan que la política es el arte de lo posible. Son los que abogarán por las reformas neoliberales y que firmarán todos los pactos con las élites.

Los defensores de la izquierda, por el contrario, dirían que la política es el arte de llevar a cabo lo imposible: un mundo alternativo, democrático y justo que no esté regido por el capital. Y ni el PRD ni otros partidos de izquierda, coludidos con el sistema hegemónico dominante, están haciendo eso por los mexicanos. Ni lo harán jamás. Tienen demasiados privilegios que proteger.

La izquierda revolucionaria infiltrada en la instituciones –incluso en su vertiente reformista– debería ser el caballo de Troya que cambiara para bien las reglas del juego. Lo que le ha ocurrido al PRD es justo lo contrario: su caballo de Troya han sido las instituciones que han esterilizado y han pervertido una lucha de décadas.

El PRD es un partido que se nutrió de mucho lo más valiente de los movimientos de izquierda del siglo XX en nuestro país, pero que tan pronto como se volvió la tercera fuerza política se dedicó a ocupar placentera y pasivamente su sitio en las instituciones del Estado sin tratar de cambiarlas para bien de la ciudadanía. En la mayoría de los casos, incluso, apropiándose de los cuadros y las prácticas más corruptas del PRI.

El PRD es un partido que lleva la palabra “revolución” en sus siglas y que, sin embargo, se dedica únicamente a ser un conservador del orden establecido, a tejer componendas y a actuar en beneficio de las cúpulas. El PRD es partido de una supuesta izquierda revolucionaria que ha promovido reformas neoliberales que beneficiarán a unos cuantos y que mantendrán como hasta ahora invisibilizados, sin justicia y en la miseria a millones de mexicanos pobres, indígenas, mujeres, ancianos y niños. ¿Hay algo más contradictorio que eso?

Los gobiernos neoliberales dividen, fragmentan. Promueven el mérito individual y la competencia, la meritocracia puntista a través de la evaluación y el castigo. Ésa es su fuerza. Desarmar a los grupos, los sindicatos, las comunidades. Desalentar y criminalizar las movilizaciones. Impedir que las minorías construyan una lucha colectiva. México, por lo tanto, necesita una izquierda capaz de unir, de hacer confluir las fuerzas, los talentos y los anhelos de toda la gente y grupos identificados con el pensamiento de izquierda pero que están fuera de las herméticas y verticales estructuras partidistas desde donde unos cuantos toman las decisiones.

La izquierda institucional se sorprendería de lo inmensamente grande que es la oposición social dispersa y descontenta con la realidad actual del país. Si no estuviera ocupada firmando pactos con las cúpulas y se dedicaran a conformar un bloque social alternativo como el que espontáneamente hizo confluir Yo Soy 132, este país sería otro. Pero no lo harán porque no les conviene. Así que eso nos toca a nosotros, la ciudadanía.

El PRD y otros partidos de izquierda se han decantado ya por pasar del socialismo a una izquierda neoliberal que se conforma con gestionar las movilizaciones sociales con la vieja lógica corporativista del PRI.

4. Miguel Ángel Mancera
La Ciudad de México solía ser, hasta hace no mucho, el laboratorio donde la izquierda había demostrado con mayor éxito que en el resto del país lo que nunca se le permitió a nivel nacional desde el fraude electoral perpetrado en su contra en 1988: ser capaz de gobernar y de hacerlo sorprendentemente bien.

Sin embargo, a la llegada de Marcelo Ebrard y posteriormente de su protegido Miguel Ángel Mancera, esta supuesta izquierda de escuela salinista ha empleado la vía reformista para diezmar y criminalizar los movimientos ciudadanos de todo el país que tradicionalmente y por estrategia tienen sitio en la capital.

Un próximo mandato de la izquierda en el DF está en duda; esto sólo hará que el PRI se fortalezca y que probablemente vuelva a ejercer el gobierno de la capital, lo que significaría un retroceso de décadas y una debacle para este país.



 *Texto tomado de mi columna Metales Pesados en la revista Emeequis.