13.3.17

La palabra como arma



Imagen: Rexiste.


Vivimos en condición de colonialismo interno. Una condición social que pretende otorgar oportunidades y ciudadanía a los individuos, pero únicamente bajo criterios de exclusión o inclusión similares a los de la situación colonial.

La imposición del pensamiento colonial jerarquizó las culturas letradas por encima de de las culturas visuales originarias. No es un hecho anecdótico. Es un proceso de desautorización de esas otras escrituras, de su narrativa y de los pensamientos complejos depositados en esa escritura. Para desautorizar es necesario asumir una postura de autoridad que someta. Una autoridad conseguida a través de métodos violentos y a veces no visibles.

Dice Silvia Rivera Cusicanqui que en la condición colonial hay una función muy peculiar para las palabras: ellas no designan, no revelan; sino que encubren, velan. A diferencia de las culturas visuales, las culturas de las palabras pueden fácilmente desentenderse de las acciones que reclaman y dan vida a esas mismas palabras.

Se puede escribir y hablar mucho condenando el racismo, el machismo, la injusticia, la corrupción o el clasismo, mientras esos conceptos subyacen y perviven en las acciones cotidianas de quienes las enuncian.

La palabra de las élites en esta condición de colonialismo interno suele ser embaucadora. Sirve para gritar sin actuar. Mientras que, por otro lado, normalizan y mantienen sus prerrogativas intactas. De paso, desautorizan las palabras de los otros, de las otras, desde el castillo de marfil de sus privilegios. El intelectual de élite es un embaucador.

Sobre el empleo de la palabra, las élites son ambiguas. Frantz Fanon es certero al lapidarlas: las élites son violentas en las palabras y reformistas en las actitudes.

Las élites acostumbran desacreditar la acción por debajo de la palabra como instrumento de un cambio real. Por debajo de esa palabra edulcorada y pervertida. Por eso es tan frecuente encontrar entre los miembros de esas élites posturas ambiguas, apáticas, sarcásticas, acomodaticias o llanamente desmovilizadoras frente a las distintas luchas sociales y ante la crítica de quienes no forman parte esa élite. Por eso es tan frecuente leerlos y escucharlos rebajando el valor de la palabra, con la que —más allá de su función en la dictadura de lo estético que ellos imponen— no se sienten en absoluto comprometidos.

Las palabras jamás saldrán a la calle a marchar por sí solas. La palabra-como-arma de Emma Goldman no tendría su fuerza ni su impacto si no hubiera sido apoyada siempre de una acción para modificar su entorno lleno de injusticia y autoritarismo.

Inerme. Del latín inermis. Sin armas. De allí el empeño de las élites por desautorizar la palabra de los subalternos, de los críticos al poder, de los sometidos, de los despojados, de los vejados, de las víctimas.

No afirmo que se deba monopolizar la consecución del cambio social al ámbito de la acción y al conocimiento de la realidad que ésta genera: la profesionalización del activismo es otra trampa de las políticas neoliberales que suele excluir a millones de indignados. Sospecho, sin embargo, de quien subestima los puentes entre distintas formas de crear pensamiento. Descreo, sobre todo, de quien, desde la élite, desautoriza el conocimiento resultante de décadas o siglos de luchas y resistencias.

El supuesto pensamiento complejo que promueven ellos y ellas y las palabras de las que se adueñan y desvirtúan, no son sino un arnés de racionalidad occidental masculina al que, como dice Raquel Gutiérrez Aguilar, son compelidos a alinearse a la fuerza los feminismos y, con ellos, también los pueblos originarios. Pero ambos han sabido resistir a través de los años. Interseccionalidad. Otro concepto que a las élites les causa bostezos.

Las cabras tiran al monte. Las mentes colonializadas ansían el reconocimiento de la metrópoli. Ansían ser autorizadas.

El intelectual colonializado da mayor importancia al detalle, a lo bello en sus palabras y al modo en que ordena esas palabras —de las que, está dicho, más tarde se desentenderá si no le convienen—. Esta dictadura de lo estético llega a opacar el horror de las injusticias sociales y hasta el objeto mismo de las luchas históricas contra el poder por el que pugnan esas mismas palabras: las élites neoliberales promueven una fiscalización del tono y una cartulinización de la protesta. La ridiculización como desautorización.

Adoptan, en cambio, lemas-franquicia suavizados y provenientes de la metrópoli, para ayudar a simular que el poder tiene un margen de tolerancia a la crítica y a la disidencia. Se vuelven sus cómplices. Con el cascajo de su palabra prolija pero hueca ayudan a mantener ese mito de la democratización que, bajo la alfombra, sigue cobrando miles de víctimas mortales.


Tanto para los pueblos originarios como para los zapatistas, la palabra se respeta y se cuida. Es un bien colectivo que se materializa en forma de asambleas, que se vuelve un arma de resistencia y que, por tanto, no se consigue borrar con un teclazo.

Allí donde los intelectuales neoliberales escriben con gran énfasis yo soy, los pueblos originarios y lxs zapatistas escriben nosotrxs somos. La palabra de los que no tienen ningún poder termina siendo, paradójicamente, la palabra más poderosa. La que posee mayor valor y mayor peso. La palabra se vuelve entonces una contrabalanza desarticuladora del poder cuando se enuncia.

“El posmodernismo culturalista que las élites impostan y que el Estado reproduce (…) nos es ajeno como táctica. No hay post ni pre en una visión de la historia que no es lineal (como la indígena)”, dice Rivera Cusicanqui. El pensamiento neoliberal que ellos nos compelen a adoptar como universal, es un pensamiento lineal, pretendidamente neutro, tan cómodo y tan bien visto por la globa. Con su empaque pulcro y atractivo. Listo para ser traducido y exportado a veinte idiomas.

Para el mundo indígena —a  diferencia del mundo colonial donde el tiempo es irrecuperable y se suelen enterrar movimientos como los feminismos “en el pasado”—, el presente es un escenario de lucha constante: “La repetición o superación del pasado está en juego en cada coyuntura, y depende de nuestros actos más que de nuestras palabras”, dice Rivera Cusicanqui.

Los intelectuales de las élites, los políticos y sus voceros suelen descalificar, cerrar el diálogo o mofarse de quienes tienen el valor de romper el círculo de simulación y de corrupción en el que vive secuestrada la palabra. De quienes, como las feministas, o las mujeres del EZLN, o como Jacinta Francisco, Alberta Alcántara y Teresa González --mujeres hñähñú sentenciadas injustamente a veintiún años de prisión por el Estado mexicano--, o de otras más como las hijas, las esposas, las tías, las hermanas, las madres de Ayotzinapa y de los miles de desaparecidos, que tienen el valor de hacer algo que muchos y muchas jamás harían: correr el riesgo de volver a darle peso, congruencia, fuerza y vitalidad a la palabra. Correr el riesgo de empuñar frente al poder la palabra-como-arma aun al costo de perder la vida.

“Hoy nos chingamos al Estado”. Son palabras que los fiscales del tono de las élites jamás aprobarían en su dictadura de lo estético, en el secuestro que los asume dueños de la palabra-vacía.

Hoy nos chingamos al Estado. La palabra despojada volvió a ganar dignidad, colectividad y territorio el pasado 21 de febrero con esta frase de la profesora Estela Hernández, hija de Jacinta Francisco. Sus palabras son oxígeno en medio de una tormenta.

Su palabra y la palabra y la lucha de miles de mujeres y hombres de este país, dijo Estela Hernández, no se callará “hasta que la dignidad se haga costumbre”.