: 2 de julio





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Lo que los mexicanos vivimos el 2 de julio fue un ejercicio colectivo de ciudadanía sin precedentes en la historia de nuestro país, algo digno de celebrarse. Mi generación tiene la fortuna de estar viendo germinar los instrumentos y la consolidación de instituciones que a la larga (si trabajamos en ello) fecundarán en una auténtica democracia. Pretender descalificar este esfuerzo de todos y de todas, así como el largo proceso que llevó desarrollar la credibilidad, los mecanismos y candados para lograr uno de los sistemas electorales más precisos y más confiables del mundo (incluso más que el de los Estados Unidos) me parece a estas alturas irresponsable, sobre todo por el clima de duda (que no de incertidumbre) por el que estamos transitando los mexicanos mientras se hacen oficiales los resultados tras el cómputo distrital.

Resulta lamentable constatar, sin embargo, que con todo y el estupendo comportamiento de la ciudadanía en una jornada colectiva exitosa y sin percances, en algo que podría equivaler a haber dejado nuestra infancia como país, la clase política y algunos medios de comunicación, en cambio, no se hayan mostrado a la altura de las circunstancias del momento ni de lo que le demandábamos, pasándose las instituciones por el arco del triunfo. Lo que menos necesitamos en estos momentos es sembrar la duda mediante monólogos sin fundamento claro, diatribas, teorías de la conspiración e hipótesis sin sustento empírico (el diálogo y la argumentación son parte fundamental de una vida democrática, que está claro que aún no tenemos), pues pésele a quien le pese en el closet guardamos muchos fantasmas viejísimos que son fáciles de azuzar con este tipo de provocaciones y sospechas infundadas. La sociedad mexicana está harta, no quiere ni “cargada” mediática ni “cargada” en las calles, como en los viejos tiempos del PRI, sino el respeto de las instituciones.

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Vi con tristeza cómo La Jornada, por ejemplo, sacó toda su batería pesada para descalificar y vilipendiar de todas las formas posibles (pero muy pocas veces con argumentos sensatos y fríos) la transparencia del proceso electoral (ojo: casualmente sólo para la presidencia, no para diputaciones, ni senadurías, ni gobernaturas, ni jefe de gobierno del DF). Incluso algún articulista habla de que el PREP está manipulado y programado para darle todo el tiempo la ventaja a Calderón porque “los numeritos se movían siempre la mismo ritmo luego de cierta hora del día”, como si el sistema estuviera operado por un duende maligno y oscuro desde algún cuarto de máquinas y como si no hubiera millares de observadores internacionales, cuando ni siquiera se han terminado de computar todos los votos. ¡Por favor! Tenemos que aguardar y tener prudencia. Crear ese clima de desconcierto es lo que menos necesitamos ahora.

Pero, por otro lado, TV Azteca se dedicó sospechosamente a lo contrario, a validar a Calderón con la ventaja "inalcanzable" (un poco más del 1% que a estas horas se ha reducido a 0.6% en el conteo rápido) en las votaciones y a calificar de triste paranoia conspiracionista todas las denuncias de López Obrador (que está en todo su derecho de impugnar mediante los canales adecuados si lo considera necesario), más allá de solamente llamar a la sensatez, a la prudencia y a la calma.

Yo soy el primero en lamentar y maldecir profundamente que la derecha panista aventaje en el PREP (por eso no quise postear antes, para que no me ganara la víscera y toda la bilis que derramé en estos tres días). Me mata el terror de saber que en diciembre volveríamos a despertar con un renovado gobierno panista con mayoría en el Congreso. Pero si eso es lo que eligiera la mayoría ciudadana, una vez que se terminen de contar acta por acta y se certifiquen los resultados, entonces adelante, que sean consecuentes y responsables. Crecer en, y hacer crecer una democracia también duele y tiene momentos muy amargos, como este que estamos viviendo. Además sabemos que no le tocará al próximo gobierno sino buscar el diálogo incluyente con todos los actores políticos, pues gobernaría apenas con poco más del 20% de la aprobación ciudadana (recordemos que alrededor del 68% acudió a las urnas), y a base de ideas y de argumentos conciliar una mayoría en el Congreso, construir acuerdos para por fin hacer avanzar varias reformas estructurales pendientes que tiene estancado al país, entre otros temas claves como la seguridad y la educación. En lo personal, estoy convencido de que Felipe Calderón, que viene de una sucia campaña de descalificaciones arteras y mentiras, no tiene las aptitudes ni la inteligencia ni la intuición política para hacerlo, pero bueno... Todos y todas estamos obligados a ser los primeros críticos de quienquiera que resulte vencedor desde nuestras diferentes trincheras y/o desde la oposición.

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Patricia Mercado


Lo que demostró la ciudadanía con esta notable afluencia participativa, entre otras cosas, fue también el hartazgo de nuestra generación y nuestro interés por hacer avanzar a otras visiones modernas de país, visiones más incluyentes, tolerantes y conciliatorias. El partido Alternativa Socialdemócrata y su candidata Patricia Mercado lograron mantener su registro, cosa que hace apenas una década ni siquiera hubiéramos podido soñar. En mi vida como ciudadano he tenido oportunidad de votar sólo en dos ocasiones para la presidencia, y en las dos lo he hecho por el proyecto de izquierda que representa Patricia Mercado, pues estoy convencido que esta empresa en la que muchos y muchas creemos desde hace años, como lo demostramos en las urnas, brindará a largo plazo escenarios más decorosos y propicios para el crecimiento social y humano de nuestra generación, tal como lo han demostrado los proyectos hermanos de Alternativa Socialdemócrata: el de Michel Bachelet en Chile, o el de Rodríguez Zapatero en España al lograr abrir el diálogo con ETA.

¿Las calificaciones? Diez para tod@s nosotr@s, por haber dado una lección ejemplar de ciudadanía. Un cero para los políticos, que está claro que tienen los intereses (y el ego) puestos en otra parte: en la silla presidencial y no en el país. Nuestros políticos no están al nivel que ha alcanzado la ciudadanía (nosotros sí aprobamos con creces el examen), y sinceramente no necesitamos más de esa vieja clase política pusilánime como lastre. La gente no va a perdonar eso. Los mexicanos, saliendo de nuestra infancia política, estamos comenzando al fin también a aprender un verbo capital: Re-cor-dar.